Versión en español de Armando Ibarra Racines basada en la traducción al inglés de Constance Garnett.
Anochecía. El sacristán, Savely Gykin, yacía sobre un camastro en el rancho contiguo a la iglesia. No dormía, a pesar de que tenía por costumbre acostarse con las gallinas. Su cabello rojizo y descuidado se alcanzaba a ver sobresaliendo en uno de los extremos de la grasienta colcha de retazos cosida con trapos de colores. Sus enormes pies sin lavar emergían al otro extremo. Escuchaba. El rancho colindaba con la tapia que rodeaba la iglesia, y la única ventana daba frente al campo abierto. Afuera ocurría el combate de la temporada. Era difícil decir a quién borraban de la faz de la tierra, y para asegurar la destrucción de quién revolvían la naturaleza hasta convertirla en semejante caldo; pero, a juzgar por la sevicia del estruendo incesante, alguien había rebasado los límites de la exaltación. Una potencia victoriosa estaba en plena persecución sobre los campos, atacando el bosque y el techo de la iglesia, maltratando con sus puños rencorosos las ventanas, rasgando y desgarrando; al mismo tiempo que un ente derrotado aullaba y gemía… Un lamento quejumbroso se resolvía en sollozos junto a la ventana, sobre el techo, en la estufa. No sonaba como un pedido de auxilio, sino como un grito lastimero, la conciencia de que era demasiado tarde, de que no había salvación. La nieve acumulada durante la ventisca se cubría con una fina capa de hielo. Allí, y en los árboles, las gotas temblaban; la nieve a medio derretir formaba un lodazal oscuro que se precipitaba por los caminos y los senderos. En definitiva, comenzaba el deshielo; pero debido a la noche oscura, los cielos sin percatarse arrojaban copos de nieve fresca sobre la tierra en disolución a un ritmo frenético. Y el viento se tambaleaba como un borracho. Era la causa de que la nieve no pudiera depositarse en el suelo: antes de caer la hacía girar al azar y la devolvía al interior de la oscuridad.
Savely escuchaba el escándalo abrumador y arrugaba la frente. La verdad era que estaba al tanto —o por lo menos tenía la sospechaba— de cuál era la verdadera razón de la barahúnda afuera de la ventana, y quién era la responsable.
—¡Lo sé!—murmuró, sacudiendo el dedo amenazante bajo de las cobijas —¡Sé por qué ocurre lo que ocurre!
La esposa del sacristán, Raissa Nilovna, se sentaba en un taburete junto a la ventana. Una lámpara de estaño colocada en otro taburete, como si fuera tímida y desconfiara de su fuente de poder, arrojaba una luz tenue y vacilante sobre los anchos hombros, sobre las curvas apetitosas de la mujer, y sobre la gruesa trenza que llegaba hasta el suelo. Tejía sacos de cáñamo burdo. Sus manos se movían con agilidad, mientras que el resto del cuerpo, los ojos, las cejas, los labios carnosos y el cuello blanco estaban tan quietos como si durmieran, absortos en la monotonía del arduo trabajo mecánico. Sólo de vez en cuando levantaba la cabeza para descansar el cuello fatigado, echaba un vistazo breve por la ventana —más allá, la tormenta de nieve estaba en su apogeo— y se inclinaba de nuevo sobre el talego. Ni deseo, ni alegría, ni dolor; su hermoso rostro no expresaba nada a pesar de la nariz respingada y los hoyuelos. Tal como una fuente galante no derrama ni una gota cuando está seca.
Por fin terminó un talego. Lo dejó a un lado, y se desperezó con magnificencia, reposando la mirada, de ojos inmóviles y carentes de lustre, en la ventana. Los cristales estaban anegados con gotas, que parecían lágrimas, a las que blanqueaban los efímeros copos de nieve que caían encima, le daban un vistazo a Raissa, y se derretían. . .
—Ven a la cama —gruñó el sacristán.
Raissa permaneció en silencio. Pero de repente, sus pestañas parpadearon, y hubo un destello de atención en sus ojos. Savely, sin dejar de observar su semblante bajo las cobijas, asomó la cabeza y preguntó:
—¿Que pasa?
—Nada. Tengo el presentimiento de que va a llegar alguien —contestó, bajando la voz.
El sacristán se quitó de encima la cobija con los brazos y las piernas, se arrodilló en la cama y miró fijamente a su esposa. La luz tímida de la lámpara iluminaba su rostro hirsuto picado de viruelas y continuaba por encima de su pelo enmarañado y descuidado.
—¿Escuchas? —preguntó la esposa.
A través del atronador ruido de la tormenta se alcanzaba a escuchar un cascabeleo repetitivo y débil, apenas audible, que parecía el zumbido agudo de un zancudo cuando se quiere posar sobre la mejilla y se enoja porque no lo dejan.
—Es el cartero —murmuró Savely, en cuclillas sobre los talones.
A cuatro kilómetros de la Iglesia estaba la calle de la oficina de correos. En el clima turbulento, cuando el viento soplaba desde el camino hacia la iglesia, los residentes del rancho alcanzaban a escuchar el sonido de las campanas.
—¡Dios! Hay que ser muy guapo para salir con semejante clima —suspiró Raissa.
—Trabajan para el gobierno. Tienen que hacerlo, les guste o no —El rumor flotó en el aire y cesó. —Pasaron de prisa y se fueron —dijo Savely, metiéndose en la cama.
Pero antes de que tuviera tiempo de arroparse con la cobija escuchó el sonido inconfundible de la campana. El sacristán miró con ansiedad a su mujer, saltó de la cama y caminó como un pato de un lado para otro junto a la estufa. La campana sonó otra vez y luego se apagó como si se hubiera quebrado.
—No la escucho —dijo el sacristán, deteniéndose y mirando a su mujer con los ojos entornados.
Pero en ese momento, en el viento que golpeteaba en la ventana persistía el sonido de un cascabeleo estridente. Savely se puso pálido, aclaró la garganta y se tambaleó otra vez sobre el suelo con los pies descalzos.
—El cartero se extravió en la tormenta —resolló dándole una ojeada maligna a su mujer.
—¿Escuchaste? ¡El cartero perdió el camino! …
—Lo… ¡Lo sé! ¿Crees que no entendí? —murmuró. —Sé todo lo que hay que saber, ¡Maldita!
—¿Qué es lo que sabes? —Raissa le preguntó en voz baja, mirando fijamente la ventana.
—Sé que eres la culpable. ¡Endemoniada! Tus artimañas. ¡Maldita sea! La tormenta de nieve y el cartero extraviado. ¡Tramaste todo!
—Estás loco, tonto, —respondió su esposa con calma.
—Llevo mucho tiempo observándote y caí en cuenta. ¡Desde el primer día de nuestro matrimonio supe que tenías sangre maléfica!
—Vade retro —Raissa dijo, sorprendida, encogiéndose de hombros y santiguándose. —¡Persígnate también, tonto!
—Una bruja es una bruja, —Savely pronunció con voz hueca, llena de lágrimas, y se apresuró a sonarse la nariz con el dobladillo de la camisa. —A pesar de que eres mi esposa, a pesar de que perteneces a una familia de clérigos, diría que eres bruja incluso cuando te confiesas… ¿Por qué? ¡Dios tenga misericordia de nosotros! El año pasado, en la víspera de la fiesta de San Daniel y los Tres Jóvenes hubo una tormenta de nieve, y ¿que sucedió entonces? El mecánico vino a calentarse. A continuación, el día de San Alexey, el hielo se rompió en el río y el policía del distrito apareció, y habló contigo toda la noche… ¡Maldita bestia! ¡Y cuando salió en la mañana y le miré, tenía ojeras y las mejillas hundidas! ¿Ah? Durante el Ayuno de Agosto hubo dos tormentas y en ambas se presentó el cazador. Lo vi todo, ¡Maldito sea! ¡Oh! Ahora te pusiste más roja que un tomate. ¡Ajá!
—No viste nada.
—¡Cómo qué no! Y durante el invierno en vísperas de Navidad, el día de los Diez Mártires de Creta, cuando la tormenta duró un día y una noche. ¿Te acuerdas? El secretario del mariscal se extravió, y se apareció por aquí, el muy perro… ¡Vade retro! ¡Dejarse tentar por el secretario! ¿Valió la pena alterar el clima de la Creación por él? Un escribano baboso, que no mide más de un metro, con granos en la cara, y el cuello torcido. Si fuera bien parecido, vaya y venga, pero él !Vade retro! ¡Tan espantoso como Satanás!
El sacristán tomó aliento, se frotó los labios y escuchó. El campanazo no se iba a oír, pero el viento golpeó en el techo, lo que ocasionó que se escuchara un tintineo en la oscuridad.
—¡Ahora ocurre lo mismo! —Savely continuó. —¡El extravío del cartero no es casual! ¡Que me arranquen los ojos, si el cartero no anda tras de ti! Ah, el diablo hace bien su trabajo, marca bien el camino. Le hará dar vueltas y vueltas, hasta traerlo aquí. ¡Lo sé, lo veo! No puedes ocultarlo, mozuela diabólica. ¡Libertina pagana! Tan pronto como empezó la tormenta me di cuenta de tus maquinaciones.
—¡Estoy frente al gran tonto! —sonrió su esposa. —¿Qué supuestas razones tenía, cabeza dura, para producir la tormenta?
—¡Ah, Deja la sonrisa burlona! Sea o no una artimaña, solo sé que cuando tu sangre se enciende seguro se produce mal tiempo, y cuando el clima se malogra son muchas las posibilidades de que aparezca por aquí algún despistado. ¡Así ocurre siempre! ¡Por lo tanto, debes ser tú!
Para lograr un mayor efecto, el sacristán se llevó un dedo a la frente, cerró el ojo izquierdo, y dijo con voz cantarina:
—¡Oh, la locura! ¡Oh, Judas inmundo! Si realmente eres un ser humano y no una bruja, deberías ponerte a pensar que si no es el mecánico, el secretario, o el cazador, deben ser los demonios encarnados. ¡Ah! ¡Es mejor que lo pienses!
—¿Por qué eres tan idiota, Savely, —dijo su esposa, mirándole con compasión. —Cuando mi padre no había muerto y vivíamos aquí, venía a verle todo tipo de gente para curarse de la fiebre intermitente: desde el pueblo, y las aldeas, y el caserío de los armenios. Venían casi todos los días, y nadie pensaba que fueran demonios. Pero si una vez al año alguien pasa por aquí buscando calor cuando hay mal tiempo, te parece extraño, tonto que eres, y te llenas la cabeza con todo tipo de ideas locas.
El razonamiento de su esposa apaciguó un poco a Savely. Se puso de pie, con los pies descalzos bien separados, inclinó la cabeza y meditó. Como no estaba firmemente convencido de la veracidad de sus sospechas, el tono genuino y desinteresado de su esposa lo desconcertó por completo. Sin embargo, tras un momento de reflexión movió la cabeza y dijo:
—Resulta que los que quieren pasar la noche no son vejetes o lisiados patizambos, siempre son jóvenes… ¿Por qué ocurre así? Si nada más quisieran calentarse. Sin embargo, traman diabluras. No, mujer, ¡no hay ninguna criatura en este mundo tan astuta como la especie femenina! Aunque sus sesos de lora no alcanzan para un gramo de cerebro genuino, cuando se trata de astucia diabólica ¡uu-uu-uu! ¡La Reina de los Cielos nos guarde y nos favorezca! ¡Es la campana del cartero! Apenas estaba comenzando y ya sabía todo lo que pasaba por tu mente. ¡Así es tu brujería, sabandija! ¿Por qué sigues atormentándome, descreída?
Su esposa terminó por perder la paciencia.
—¿Por qué sigues pegado a esas tonterías como un moco?
—Insisto, porque si algo —Dios no lo quiera— sucede esta noche… ¿me escuchas? … Si algo sucede esta noche, mañana por la mañana salgo directo para donde el padre Nikodim, a contarle todo el asunto. “Padre Nikodim,” le voy a decir, “tenga la amabilidad de disculparme, pero es una bruja.” “¿Por qué?” “¿Quiere saber por qué?” “Desde luego. . .” Y se lo diré. Y ¡Ay de ti, mujer! No sólo en la temible silla del Juicio Final, también en la vida terrenal serás castigada. ¡Para eso el breviario tiene oraciones en contra de las de tu calaña!
De repente se oyó un golpe en la ventana, tan fuerte y singular que Savely se puso pálido y el miedo casi lo tumba de espaldas. Su esposa se levantó, también pálida.
—¡Por el amor de Dios, déjenos entrar para calentarnos! —escucharon una profunda voz grave y temblorosa que decía. —¿Quién vive aquí? ¡Por el amor de la misericordia! Perdimos el camino.
—¿Quién eres tú? —preguntó Raissa, temerosa de mirar por la ventana.
—El cartero —contestó una segunda voz.
—Tus trucos diabólicos tuvieron éxito —dijo Savely con un gesto de la mano. —¡No me equivoqué, estoy en lo cierto! ¡Bueno, es mejor que tengas cuidado!
El sacristán se subió a la cama de dos saltos, se tendió sobre el colchón de plumas, y resoplando con rabia, volvió la cara contra la pared. Pronto sintió una corriente de aire frío en la espalda. La puerta crujió y la espigada figura de un hombre, cubierta con nieve de pies a cabeza, apareció en la puerta. Detrás se podía ver una segunda persona igual de blanqueada.
—¿Debería entrar los sacos? —preguntó el segundo con voz ronca.
—No se pueden dejar allí. —Diciendo esto, el primer individuo comenzó a desatarse la capucha, pero desistió, y la haló con impaciencia junto con la gorra, enojado, entonces arrojó ambas cerca de la estufa. Luego se quitó el abrigo, lo arrojó al lado, y, sin decir buenas noches, se puso a caminar de arriba para abajo en la choza.
Era un joven cartero rubio que vestía un uniforme raído y altas botas negras sin lustre. Después de calentarse caminando de un lado a otro, se sentó en la mesa, estiró los pies, llenos de barro, hacia los sacos y apoyó la barbilla sobre los puños. Su cara pálida, enrojecida en algunos lugares por el frío, aún conservaba vestigios vivos del dolor y el terror que acababa de experimentar. Aunque distorsionada por los rastros de ira y marcas de sufrimiento reciente, físico y moral, era guapo a pesar de la nieve que se derretía en las cejas, los bigotes y la barba corta.
—¡Es una vida de perros! —murmuró el cartero, mirando las paredes que lo encerraban. Parecía que apenas podía creer que estaba en un sitio caliente. —¡Casi nos perdemos! ¡Si no hubiera sido por la luz, no sé qué hubiera pasado. ¡Sólo Dios sabe cuándo va a terminar todo! ¡Esta vida de perros no termina nunca!
—¿A dónde llegamos? —preguntó, bajando la voz y alzando los ojos en dirección a la esposa del sacristán.
—Al cerro Gulyaevsky en la propiedad del general Kalinovsky, —respondió, sorprendida y sonrojada.
—¿Escuchaste, Stepan? —El cartero se volvió hacia el conductor, que casi no podía entrar por la puerta porque cargaba un enorme saco de correo sobre los hombros. —Llegamos al cerro Gulyaevsky.
—Sí… llegamos bastante lejos. —Sacudiendo estas palabras como si diera un suspiro ronco, el conductor salió y poco después regresó con otro saco, y luego salió una vez más y esta vez trajo la espada del cartero enganchada a una correa gruesa, con el diseño de hoja larga y plana en el que Judith es representada al lado de la cama de Holofernes en los grabados de madera baratos. Colocando los sacos arrimados a la pared, entró en la otra habitación, se sentó y encendió la pipa.
—¿Tal vez les gustaría un poco de té después de la jornada? —Les preguntó Raissa.
—¿Cómo podríamos sentarnos a beber té? —dijo el cartero, arrugando el ceño. —Debemos darnos prisa y calentarnos, y luego partir, o vamos a llegar tarde y no vamos a alcanzar el tren del correo. Nos quedaremos diez minutos y luego continuaremos la ruta. Sólo tengan la amabilidad de mostrarnos el camino.
—¡Qué carga tan pesada, este clima! —Suspiró Raissa.
—Hum, sí … ¿Quiénes son ustedes?
—¿Nosotros? Vivimos aquí, al lado de la iglesia. . . . Pertenecemos al clero. . . . Ahí está mi esposo. ¡Savely, levántate y di buenas noches! Era una parroquia independiente hasta hace dieciocho meses. Por supuesto, cuando la nobleza vivía aquí había más gente, y valía la pena oficiar los servicios. Pero ahora los señores se fueron, y no necesito decirle que no hay nada para que el clero pueda vivir. El pueblo más cercano es Markovka, y está a más de cuatro kilómetros de distancia. Savely está en la lista de jubilados ahora, y tiene el trabajo de vigilante, tiene que cuidar la iglesia. . .
Y el cartero se enteró de inmediato que si Savely iba a ver a la esposa del General para pedirle una carta de recomendación para el obispo, le darían un buen cargo.
—Pero no va a ver a la señora del general, porque es perezoso y le tiene miedo a la gente. Pertenecemos al clero de todos modos… —agregó Raissa.
—¿De qué viven? —preguntó el cartero.
—Hay una huerta y una parcela con pasto que pertenecen a la iglesia. Sólo que no producen mucho, —suspiró Raissa. —El viejo avaro, el padre Nikodim, del pueblo vecino celebra aquí en el día de San Nicolás en el invierno y en el día de San Nicolás en el verano, y por ambas celebraciones se apropia de casi todas las cosechas. ¡No hay nadie que nos defienda!
—Estás mintiendo —gruñó Savely con voz ronca. —¡El padre Nikodim es una alma santa, un sabio de la Iglesia, y si se apropia de algo, es porque las reglas lo permiten!
—¡No se ponen de acuerdo! —dijo el cartero, con una sonrisa. —¿Han estado casados por mucho tiempo?
—Hace tres años, el último domingo antes de la Cuaresma. Mi padre era el sacristán en los viejos tiempos, y cuando sintió que la muerte se acercaba, fue al Consistorio y le pidió al tribunal eclesiástico que enviaran un soltero que me desposara para conservar la plaza. Así nos casamos.
—Ajá, ¡Mataste dos pájaros de un tiro! —dijo el cartero, mirando la espalda de Savely —conseguiste esposa y trabajo al mismo tiempo.
Savely retorció la pierna con impaciencia y se arrimó a la pared. El cartero se alejó de la mesa, se estiró y se sentó sobre el saco del correo. Después de pensarlo un momento apretó los sacos con las manos, cambió la espada al otro lado y se acostó con un pie sobre el suelo.
—Es una vida de perros —murmuró, colocando las manos detrás de la cabeza y cerrando los ojos —no le desearía esta vida al peor de mis enemigos.
Pronto todo quedó en silencio. No se oía nada, excepto la inhalación de Savely y la lenta, uniforme respiración del cartero que dormía y lanzaba un profundo y prolongado “jaaaa” en cada respiración. De vez en cuando se oía un ruido como una rueda chirriante en su garganta, y los temblores del pie hacían crujir la bolsa.
Savely, inquieto bajo la cobija, miraba a su alrededor con parsimonia. Su esposa estaba sentada en el taburete, y con las manos apretadas contra las mejillas miraba el rostro del cartero. Su rostro estaba inmóvil, como alguien asustado y asombrado.
—Bueno, ¿Por qué estás boquiabierta?” —Savely susurró enfadado.
—¿Qué te pasa? ¡Acuéstate! —respondió su esposa sin apartar los ojos de la cabeza rubia.
Savely, furioso, sacó todo el aire del pecho y se volvió bruscamente contra la pared. Tres minutos más tarde dio una vuelta, inquieto de nuevo, se arrodilló sobre la cama, y con las manos sobre la almohada miró de reojo a su esposa. Ella seguía sentada, sin moverse, mirando fijamente al visitante. Sus mejillas estaban pálidas y sus ojos brillaban con un fuego extraño. El sacristán se aclaró la garganta, se arrastró sobre el vientre para bajarse de la cama, y llegando hasta el cartero, le cubrió el rostro con un pañuelo.
—¿Para qué es eso? —preguntó su esposa.
—Para que la luz no le moleste los ojos.
—¡Entonces, apaga la luz!
Savely miró con desconfianza a su mujer, acercó los dedos a la lámpara, pero inmediatamente lo pensó mejor y cruzó las manos.
—¿No es eso astucia diabólica?, —exclamó. —¡Ah!, ¿Hay alguna criatura más astuta que la mujer?
—Ah, tú, ¡demonio en sotana! —susurró a su esposa, frunciendo el ceño con disgusto.
—¡Espera un poco! —y acomodándose mejor en el asiento, se quedó mirando al cartero de nuevo.
No le importaba que tuviera la cara cubierta. No le interesaba tanto el rostro como la apariencia general, la novedad de este hombre. El pecho era ancho y fuerte, las manos eran delgadas y bien formadas, y las piernas eran elegantes y musculosas, mucho más atractivas que los muñones de Savely. En verdad, no eran comparables.
—Aunque soy un demonio en sotana —Savely dijo tras una breve pausa. —No tienen ningún derecho de dormir aquí… Trabajan para el gobierno, vamos a tener que dar explicaciones por albergarlos. Si ustedes transportan las cartas, cumplan con su deber, no pueden dormir…
—¡Hey! usted! —Savely gritó en la habitación exterior. —Tú, conductor. ¿Cómo te llamas? ¿Quieres que te muestre el camino? ¡Levántate, los carteros no deben dormir!
Y Savely, muy airado, corrió hacia el cartero y lo arrastró de la manga.
—Oiga, su señoría, si tiene que irse, váyase, y si no lo hace, no es la cosa …. Dormir no es lo que tienen que hacer.
El cartero se levantó, se sentó, miró con los ojos en blanco alrededor de la choza, y volvió a acostarse.
—¿Cuando se van? —Savely se alejó con paso ligero. —Para eso es el correo, para llegar a su debido tiempo, ¿me oyen? Yo los guiaré.
El cartero abrió los ojos. Calentado y relajado por tener al fin un sueño plácido, sin despertarse del todo, vio, como a través de una niebla, el cuello blanco y los ojos inmóviles y atractivos de la esposa del sacristán. Cerró los ojos y sonrió como si todo hubiera sido un sueño.
—¡Vamos, ¿cómo puede salir con este clima! —Oyó una delicada voz femenina. —Debe echarse un sueño profundo que le haga provecho.
—¿Y qué hacemos con el correo? —dijo Savely con ansiedad. —¿Quién va a llevar el correo? ¿Lo puedes llevar tú? ¿Verdad?
El cartero volvió a abrir los ojos, miró el temblor de los hoyuelos en la cara de Raissa, recordó dónde estaba, y entendió lo que Savely decía. La idea de que tenía que meterse en la fría oscuridad hizo que un escalofrío lo estremeciera por completo, e hizo una mueca de dolor.
—Podría dormir cinco minutos más —dijo, bostezando. —De todos modos voy a llegar tarde…
—Podríamos llegar justo a tiempo —dijo una voz desde la otra habitación. —Todos los días no son iguales, con un poco de suerte el tren puede estar retrasado.
El cartero se levantó, y desperezándose comenzó a ponerse el abrigo.
Savely literalmente relinchó de alegría cuando vio que sus visitantes se disponían a partir.
—Danos una mano, le gritó al conductor mientras levantaba un saco de correo.
El sacristán salió corriendo y le ayudó a arrastrar los sacos de correo hasta el patio. El cartero empezó a deshacer el nudo de la capucha. La esposa del sacristán escrutó sus ojos, parecía tratar de escarbar el fondo de su alma.
—Debería tomarse una taza de té… —le dijo.
—No me negaría… pero, como ve, se están preparando —asintió. —Estamos retrasados, de todos modos.
—Quédese —susurró, bajando los ojos y tocándolo por la manga.
El cartero logró por fin deshacer el nudo, y arrojó la capucha sobre su codo, vacilando. Se sentía cómodo parado al lado de Raissa.
—¡Qué … cuello tienes! … —y le rozó el cuello con dos dedos. Al ver que no se resistió, le acarició el cuello y los hombros.
—Digo, que eres…
—Es mejor que te quedes… y tomes un poco de té.
—¿Dónde lo está colocando? —La voz del conductor se escuchaba afuera. —Colóquelo atravesado.
—Es mejor que te quedes… Escucha cómo gime el viento.
Y el cartero, todavía a medio despertar, todavía incapaz de sacudirse el sueño embriagador de la juventud y la fatiga, fue de repente arrollado por el deseo en nombre del cual, los sacos de correo, los trenes postales. . . y todas las cosas del mundo, se echan al olvido. Echó una ojeada a la puerta con temor, como si quisiera escapar o esconderse, rodeó la cintura de Raissa, y estaba justo inclinado sobre la lámpara para apagar la luz, cuando oyó el ruido de las botas en la habitación exterior, y el conductor apareció en la puerta. Savely miró por encima del hombro. El cartero dejó caer las manos de forma rápida y se quedó inmóvil, como si no pudiera decidirse.
—Todo está listo —dijo el conductor. El cartero se paró inmóvil durante un momento, alzó resueltamente la cabeza, como si se despertara por completo, y siguió al conductor a la salida. Raissa se quedó sola.
—¡Ven, súbete y muéstranos el camino! —Escuchó.
Se oyó el sonido débil de una campana, y luego otro, y las notas tintineantes de una delicada cadena larga se alejaron de la choza.
Cuando poco a poco se había extinguido, Raissa se levantó y caminó nerviosamente de un lado a otro. Al principio estaba pálida, y luego se ruborizó por completo. Su rostro estaba desencajado por el odio, su respiración era temblorosa, sus ojos brillaban con una furia salvaje, y, paseando de arriba abajo como en una jaula, parecía una tigresa amenazada con hierro candente. Por un momento se apaciguó y miró la madriguera. La cama ocupaba casi la mitad de la sala, que se extendía a lo largo de toda la pared y consistía de un sucio colchón de plumas, burdas almohadas grises, una cobija, y trapos indescriptibles de varios tipos. La cama era una masa informe que semejaba la fea mata de pelo que siempre se levantaba sobre la cabeza de Savely cada vez que se le ocurría aplicarle grasa. Desde la cama, hasta la puerta que conducía a la gélida habitación exterior, se extendía una cocina sombría rodeada de ollas y trapos viejos colgados. Todo, incluyendo al ausente Savely, estaba sucio, grasiento y tiznado en extremo, por lo que en tal ambiente era inusual ver un cuello blanco de mujer y su piel delicada.
Raissa corrió hacia la cama, estiró las manos como si quisiera arrojar todo, coger todo a patadas, y volver todo pedazos. Pero entonces, como si le asustara tocar la mugre, saltó hacia atrás y de nuevo comenzó a pasearse de arriba a abajo.
Cuando Savely volvió, dos horas más tarde, agotado y cubierto de nieve, ella se había desvestido y metido en la cama. Tenía los ojos cerrados, pero el ligero temblor que corría por su rostro indicaba que no estaba dormida. En el camino a casa se había prometido a sí mismo esperar hasta el día siguiente y no meterse con ella, pero no pudo resistirse a atacarla con una burla mordaz.
—Tus brujerías no sirvieron de nada: se ha ido —dijo con una sonrisa de alegría maligna.
Su esposa permaneció muda, pero la barbilla le temblaba. Savely se desvistió lentamente, pasó por encima de su esposa, y se acostó al lado de la pared.
—¡Mañana voy contarle al padre Nikodim qué clase de mujer eres! —murmuró, acurrucándose.
Raissa volteó a mirarlo botando fuego por los ojos.
—El trabajo te ha quedado grande, y puedes buscar esposa en la selva, ¡Al diablo contigo! —dijo ella. —No soy mujer para ti, patán torpe y holgazán. ¡Dios me perdone!
—¡Ven, ven … vamos a dormir!
—¡Qué miserable soy! —dijo entre sollozos su esposa. —¡Si no fuera por ti, podría haberme casado con un comerciante o algún caballero! ¡Si no fuera por ti, amaría a mi esposo ahora! ¡Por qué no te tragó la nieve, por qué no te congelaste en el camino, Herodes!
Raissa lloró durante mucho tiempo. Finalmente, dio un profundo suspiro y se quedó inmóvil. La tormenta aún rugía afuera. Algo se lamentaba en la estufa, en la chimenea, fuera de las paredes, y a Savely le parecía que el llanto estaba dentro de él, en sus oídos. Esta noche había confirmado por completo las sospechabas sobre su esposa. Ya no le quedaba duda que, con la ayuda del Maligno, controlaba los vientos y los trineos del correo. Sin embargo, para agregar a su dolor, ese misterio, ese extraño poder sobrenatural, le daba a su pareja un encanto especial e incomprensible del que no se había percatado antes. El hecho de que en su ignorancia, inconscientemente, hubiera descubierto ese encanto poético, la hacía parecer, por así decirlo, más blanca, más elegante, más inaccesible.
—¡Bruja! —murmuró indignado. —¡Vade retro, horrible criatura!
Sin embargo, esperó hasta que se tranquilizara, y cuando comenzó a respirar de manera uniforme, le tocó la cabeza con el dedo…, sostuvo la gruesa trenza en la mano por un minuto. Ella no se dio cuenta. Luego se envalentonó y le acarició el cuello.
—¡Déjame! —gritó, y le clavó el codo en la nariz con tal violencia que le hizo ver estrellas.
El estropicio en la nariz fue transitorio, pero la tortura en el corazón duró para siempre.