Traducciones – Shira Erlichman


Nené y yo

—Nené, ayúdame. 
—Cariño, pásame el destornillador de pala.

Greg, el plomero, la última vez que vino,
y reemplazó el calentador, trató de enamorarme.
Hoy está escoltado por Nick y Paco, o, Nené y Cariño.
Nick, un tipo de un metro ochenta y tres con los codos sucios
y de unos veinticinco años y con barba de lobo
se mueve como tonto cuando se dirige a Greg, quien golpea
en mi alcoba un ducto de ventilación que suena como una campana.
Entrando y saliendo por el pasillo, Cariño comienza la labor grupal
de cargar grandes piezas de lavamanos
para sacarlas por la puerta principal;
centelleantes huesos blancos de la antigua infraestructura.

Todos están ocupados, pero Nick me encuentra en la cocina:

—Vi tu libro aquí dentro. ¿También eres bipolar?

Nos parecemos tanto, dejar pensamientos íntimos en voz alta sobre la cama.

—Sí.
—Estoy medicado y más. Zyprexa y Seroquel. ¿Y tú?

Cuando dije litio fue de hecho como contarle en qué ciudad nací
y descubrir que también nació allá. Nené suelta una sonrisita.
Cuando se ríe, golpea sus manos como si acabara
de entrar del frío. No puede ser mi hermano, pero
es mi preferido. Quisiera tajarle un melocotón,
o por lo menos brindarle un vaso
de agua, y procedo, pero tan pronto le doy cariño se va.

Años atrás hubiera dicho:
—No, no.

Pero hay un lobo sonriendo en mi ducha, Nené
desocupa el cuarto de baño —objeto tras objeto— pero deja el aire.