Traducciones – Mark Strand


Mi madre en una noche al final del verano

1

Cuando la Luna sale
y unos cuantos establos resisten el azote del viento
en las cúpulas bajas de las colinas
y relucen con una luz
velada y polvosa
que flota sobre los campos,
mi madre, con el pelo recogido en una moña,
el rostro en las sombras, y el humo
del cigarrillo enroscándose cerca
del esplendor amarillento de su vestido desteñido,
se queda de pie al lado de la casa
y contempla la filtración de la luz tardía
que cae atravezando las juncias,
la mirada auyenta los últimos islotes
de nubes grises, y el viento
encrespa las cenizas del abrigo de la luna
sobre la bahía en sombras.


2

Pronto, las persianas cerradas de la casa
proyectarán el brillo de la lámpara
tendiendo pequeñas alfombras
dentro de la niebla, y la bahía
comenzará su ruidosa respiración agitada
y los pinos, florones de pináculo llenos de hilachas
que trepan las lomas, parecerá que pastan
los apagados rescoldos del cielo.
Y mi madre se quedará mirando los caminos de estrellas,
los interminables túneles del vacío,
y a medida que los contemple,
bajo el hechizo de las horas,
pensára en cómo las tempestades mudas del deterioro
nos doblegan todas las noches
y rasgan la carne desplegable,
y no sabrá por qué está aquí
o qué es lo que la mantiene prisionera
a no ser que sean los condicionamientos del amor
los que la metieron en esto.


3

Mi madre se retirará a sus aposentos
y los campos, las piedras desnudas
seguirán a la deriva en calma, criaturas mínimas
—el ratón y la lagartija— dormirán
en los extremos opuestos de la casa.
Sólo el grillo estará despierto,
repitiendo su única nota estridente
a las tablas podridas del portal,
a los anjeos oxidados, al aire, a la oscuridad sin estructura,
al mar que se resguarda dentro de sí.
¿Por qué mi madre debería despertar?
La tierra aún no es un jardín
que vayan a revolver. Las estrellas
todavía no son campanas que suenen
en la noche por los desaparecidos.
Es muy tarde.