La cena se estaba enfriando. Los huéspedes, con la esperanza de tener
encuentros comunes y casuales, impersonales y rápidos, yacían despatarrados
en las habitaciones. Las papas estaban duras, los fríjoles blandos, y la carne;
no había carne. El sol de invierno había dorado los olmos y las casas;
Los venados bajaban por la carretra como refugiados;
y en el camino de acceso, los gatos se calentaban sobre el capó de un automóvil. Entonces un hombre se volteó y me dijo:
“Aunque me encanta el pasado, la oscuridad que alberga, la pesadumbre que no nos enseña nada, la pérdida, todo el peso que no pregunta nada, me va a encantar el siglo XXI más, porque veo en él a alguien en bata de baño y sandalias, de ojos café y pobre,
que camina por entre la nieve apenas dejando algo así como una pisada”.
“Ah,” le dije, colocándome la gorra, “Ah”.