Traducciones – Mark Strand


El hombre y el camello

A punto de llegar a los cuarenta

me senté en el portal a echar humo

cuando de ninguna parte aparecieron

un hombre y un camello. Al comienzo ninguno

dijo nada, pero a medida que bajaban por la calle

y se alejaban del pueblo, comenzaron a cantar.

Aunque sus cantos todavía son un misterio:

palabras confusas y una melodía

demasiado adornada, de fácil olvido.

Se adentraron en el desierto

y a medida que se alejaban, sus voces

se elevaban al unísono sobre el sonido cribador

del viento lleno de arena. La maravilla de su canción,

esa mezcla escurridiza de hombre y camello, parecía

una representación ideal de todas las parejas singulares.

¿Sería esta la noche por la que había esperado

tanto tiempo? Quería creer que así era,

pero en el preciso momento en que iban a desaparecer,

el hombre y el camello dejaron de cantar, y regresaron al pueblo

al galope. Se pararon frente al portal,

mirándome, y sin quitarme los ojos de encima, me dijeron:

“Lo echaste a perder. Lo echaste a perder para siempre.”