Los poetas perseveran.
No es fácil quitárselos de encima,
aunque sabe Dios que hemos intentado.
Nos cruzamos con ellos en la carretera,
están de pie, con sus tazones de limosnas,
a la usanza antigua.
No tienen más
que moscas secas y monedas inservibles.
La mirada fija en el horizonte.
¿Están muertos, o qué?
Sin embargo tienen el gesto insoportable
de los que ven más allá.
¿Más allá de dónde?
¿Qué es lo que pretenden ver?
Suéltenlo ya, les increpamos.
¡Díganlo sin tapujos!
Si tratas que te den una respuesta sencilla,
entonces se hacen pasar por lunáticos,
o por borrachos, o por indigentes.
Hace años
que se pusieron tales disfraces,
esos suéteres negros, esos harapos;
ya no pueden quitárselos.
Y sus dientes comienzan a picarse.
Es una de sus preocupaciones.
Les haría bien una visita al odontólogo.
Tienen dificultades con las alas, también.
Las contribuciones del departamento de vuelo
no son muchas en estos días.
Se acabaron los cielos surcados, el resplandor,
las diabluras.
¿Por qué carajo les pagan?
(Imaginemos que les pagan.)
No pueden despegar de la superficie,
ellos y sus plumas embarradas.
Si vuelan, es contra el suelo,
hacia la tierra húmeda y borrosa.
Váyanse, les decimos;
y llévense su pesada tristeza.
Aquí no son binevenidos.
Olvidaron cómo decirnos
lo sublimes que somos.
Que el amor es la respuesta:
ese verso siempre nos gustó.
Olvidaron cómo echar piropos.
Se les acabó la sabiduría.
Se les acabó la grandeza.
Pero los poetas perseveran.
No les queda más que la persistencia.
No pueden cantar, no pueden volar.
Sólo brincan y croan
y se azotan contra el aire
como en una jaula,
y cuentan el mismo chiste ridículo.
Cuando los cuestionan, dicen
que hablan lo debido.
Carajo, si son presumidos.
Algo saben, a pesar de todo;
en realidad, algo saben.
Algo que mascullan,
algo que no alcanzamos a escuchar.
¿Se refieren al sexo?
¿Se refieren al polvo?
¿Se refieren al miedo?