Traducciones – Margaret Atwood


El búho y la gata, varios años después

Así que estamos aquí otra vez, querido,
sobre la misma playa desde la que salimos
hace años, cuando rebosábamos de promesas,
pero -ahora- con menos cabello,
pelaje o plumas, da lo mismo.
Me gustan tus bifocales. Hacen que parezcas
más búho de lo que realmente eres.
Supongo que ambos hemos llegado bastante lejos. Pero

en realidad, ¿qué tanto, desde que partimos,
bajo la luna recién caída, cuando conspirábamos
para asombrar? Cuando creíamos
que todavía con el canto se podía hacer algo
que valiera la pena, o ganar algo, como un trofeo.
Me fui por las tapias, tú por las copas de los árboles, allí
desde el fondo del ardiente corazón
carnívoro ululábamos y maullábamos, y ya ves
ganamos premios: por ahí están,
un pergamino, un reloj de oro, y la patada
en el trasero que nos dio el suplente
de la musa, que no pudo asistir
y se disculpó. Ahora podemos

alabarnos mutuamente
en las sobrecubiertas de los libros. ¿Qué fue
lo que nos hizo pensar que podíamos cambiar el mundo?
Nosotros y los astutos signos de punt-
uación. Una ametralladora, ahora;
sería algo diferente. No más adjetivos unt-
uosos. Llegar sin rodeos al verbo.
Ars longa, mors brevissima. La vitalidad
de la poesía genera apetitos
por la acción, de la más baja
calaña. Aporrear dientes de león
o muricélagos o burócratas,
destrozar ventanas de automóviles. Sin embargo,

por lo menos, nos han aguantado,
o incluso, ensalzado -lo que significa
hacer una breve pirueta en el resplandor efímero
del aserrín de los reflectores del escenario,
y que las revistas con tu rostro sirvan para envolver pescado-
pero la mayor parte del tiempo somo unos desconocidos
para esta multitud que finalmente ha aceptado
que le importa un bledo el arte
y que cualquier día es bueno para presenciar
un buen destripamiento. También hubieras podido ser
ondontólogo, como quería tu padre. ¿Todavía

necesitas que te pongan atención? Desnúdate
bajo el reflector en la hora de mayor congestión, grita obsenidades,
o dispárale a alguien. Tu nombre
aparecerá en los periódicos, tal vez,
si es que eso significa algo. De cualquier modo

¿cuándo vamos a desmontarnos?
¿Es esta pizca de talento -que tanto valoramos
y frotamos como las cucharas
de plata hasta sacarles brillo-
al menos tan lustrosa como el neon,
o mejor que el talento para ganar
concursos de comedores de salchichas,
o de malabarismos con seis platos al tiempo?
¿De todos modos, cuál sería la utilidad
de pedirle a los muertos que regresen, moviendo piedras,
o haciendo llorar a los animales? Te

tengo presente, cuando me apuro al minimercado, a comprar
tu cartón de leche, tus seis huevos medianos,
tu cabeza rellena de consonantes
como los preciosos cantos rodados
que recogiste en alguna playa luminosa
que no puedes recordar -mi pluma-
el gorro de tonto en la cabeza, ¿que tienes
en los bolsillos, casi vacíos
que cebaría hasta el más bajo de los asaltantes?
¿A quién le hace falta tu porción
de aire vacilante, tus fuegos fatuos, tus escasas
artimañas submarinas de cristal
que sólo funcionan bajo luz de luna?
El mediodía las golpea, y se desbaratan,
huesos añosos y tierra, dientes gastados, un manojo
de sombras. Sé que a veces, la cuasi sagrada
blancura incrustada en nuestros cráneos se disemina
como los cardos en los baldíos, polvorienta
llamarada ardiente, que a pesar de no ser una aurelola
regresará periódicamente
si somos agradecidos, o por lo menos, tenemos suerte, esto
terminará fundiendo nuestras neuronas. Aunque,

el canto es un credo
al que no se puede renunciar.
Cualquier cosa se puede sacralizar
si se le reza lo suficiente
-nave espacial, taza de té, lobo -
y lo que queremos es la mediación,
esa cinta tornasolada
que alguna vez ciñó canción y objeto.
Sentimos que todo se suspende en el aire
a punto de convertirse en lo mismo:
el árbol casi es un árbol, el perro
que se orina en el tronco no sería perro
a menos que nos diéramos cuenta
y lo llamáramos por su nombre: "Oye, perro".
Y así, nos ponemos de pie en la galería
y en las colinas rocosas, y damos nuestros mejores aullidos,
y el mundo parpadea
dentro y fuera del ser,
y creemos que nos pide permiso. No

deberíamos sentirnos orgullosos: la verdad es que
ocurre a la inversa. Estamos
a merced de cualquier chandoso
vagabundo y rabioso, o guijarro que nos lancen, o rayo
cancerígeno, o nuestros
propios cuerpos: nacimos con el anzuelo de la mortalidad
dentro, que año tras año nos arrastra
hacia donde dirijimos: abajo. Pero

con seguridad todavía
tenemos labores por realizar, aunque sea
dejar que el tiempo pase; por ejemplo, podemos
celebrar la belleza interior. Los jardines.
El amor y el deseo. La lujuria. Los hijos. Las diferentes formas
de la justicia social. Incluyamos el miedo y la guerra.
Describamos en qué consiste estar cansado. Ahora
que comenzamos a sentirnos cansados. ¡Pero esto es demasiado
pesimista! ¡Oye, nos tenemos
uno al otro, y un techo, y desayunamos
todos los días! ¡Crema y ratones! Para

la mayor parte de la especie, siempre es peor:
una bota que cae, carne en mal estado, o los arrastran
de las alas o los arrinconan contra algún paredón
o trinchera y los arrodillan a la fuerza
para volarles los sesos, y salpican por todos lados
sobre esa Naturaleza que nosotros gente buena tanto apreciamos
-junto con millones más,
debemos reconocerlo-
¿y en nombre de qué? ¿Qué nombre?
¿Cuál Dios o Estado? El mundo se convierte
en una inmensa y profunda vasija de horror,
mientras que detrás de las mohosas banderas -las consignas
siempre han rimado con muerte-
unos pocos vejetes se sientan y se enriquecen. De modo

tan honesto. ¿A quién le interesa escuchar?
La última vez que representé esa función, cariño,
la audiencia estaba llena de ardillas.
Pero no necesito contarte.
Lo peor es que ahora somos respetables.
Estamos en las antologías. Nos estudian en las escuelas,
en biografías pulidas y fotos torcidas.
Ya formamos parte de la exhibición de rostros.
Dentro de diez años, te van a colocar en una estampilla,
así cualquiera te podrá lamer. Oh,

bien, mi querido, nuestra góndola
de cartón agrietado nos trajo hasta aquí,
a nosotros y la guitarra de papel.
Ya no más semi inmortales, sólo un búho que muda las plumas
y una gata artrítica, remando
y dejando atrás el último banco de arena
que nos protegía, hacia el mar abierto
y salado, dejando el portal de la cabeza de perro,
al atravesarlo, el olvido.
Pero continuemos con la canción, continuemos
la canción, tal vez todavía alguien escuche
además de mí. Los peces, por ejemplo.
De todos modos, mi bien amado,
todavía nos queda la luna.