Que los poemas tengan que probarlo.
¿Quién se atreve a negar el rubor
en la flor del campo?
¡Cómo nos conmueve
una joven insumisa en primavera!
¡No eches culpas!
¿Si levantas un poco la vista
podrás dejar de percibir
este trazo de carmín perpetuo
bajo los ojos de la mujer?
Con delicadeza, empujo para abrir
esa puerta
que llamamos misterio,
estos pechos llenos
contenidos por ambas manos.
La luna se anticipa a la noche
sobre los campos florecidos,
de algún modo siento
que él me esperaba
y llegué.
Con lágrimas en los ojos
pides compasión,
miro la luna menguante
que se refleja
en el lago vacío.
No me preguntes
si ahora escribo poemas:
Soy como
las veincicinco cuerdas de un koto
que no suena porque no tiene puente.
¡Con esta hacha
rompo mi koto!
¡Escucha!
¡El sonido del final de la vida!
¡El sonido de la voluntad de Dios!
Perplejos,
estos labios frescos
rozan un loto blanco:
¡Sus gotas de rocío
son gélidas!
No más que
una hilacha de nube
encima,
pero como algunos salmos
me muestra el camino.
(87)
Miles de filamentos
de cabellos negros negros
todos enredados, enredados:
y enredados también
mis pensamientos de amor.
(104)
Mi amiga llegó a la poesía
al final de brutal fogueo,
yo solo tengo
el luto de la muerte
por delante.
¿Fue ayer
o hace mil años
que nos separamos?
Incluso aún siento tu mano
sobre este hombro.
Para martirizar
a los pecadores incorregibles,
Dios me ofrendó
esta piel de nieve,
esta larga cabellera negra.
A través de las cortinas
de este lecho de amor,
contemplo
la despedida de las estrellas
en la vía Láctea.
Akiko Yosano le dió nuevas formas a la tanka, la forma más conocida de poesía japonesa por 1200 años. La convirtió en una forma poética moderna al alejarse en sus poemas de la forma clásica que la precedió.
Su colección de tankas titulada “Cabellera enredada” (Midaregami), publicada en 1901, tuvo un impacto muy favorable en todas las áreas de la literatura japonesa, al darle vida al romanticismo justo cuando los principales autores se dedicaban al naturalismo.
Las tankas de Akiko, enormemente creativas, a veces de contenidos revolucionarios, rebosaban de las tensiones de la vida. Fue la primera poeta japonesa en glorificar el cuerpo femenino, defendió a las mujeres que se entregaron a la carne, al tiempo que atacaban a los diletantes de la moral.
Akiko se inclinó por los oprimidos, y resonó en la mente de los sacerdotes, los cortesanos, las bailarinas, los dolientes y las amas de casa.1
Versiones de Armando Ibarra basada en las traducciones de Sandford Goldstein y Seishi Shinoda, publicadas por Charles E. Tuttle Company Inc. en 1987. ↩︎