No es muy difícil que me recuerden
qué tipo de mosca de un día soy,
qué tipo de pompa de jabón que flota sobre la fiesta infantil.
Pararse bajo los huesos de un dinosaurio
en un museo funciona todas las veces
o encarar en una vitrina una roca lunar.
Hasta la iglesia de Santa Ana puede funcionar,
una edificación que descubrí hace poco en una revista:
construida en 1722 con piedra arenisca y caliza en la ciudad de Cork.
Y la certeza de que nadie
que haya braceado en las aguas del tiempo
ha encontrado la forma de evitar la muerte
siempre me frena en seco y me tranquiliza
a la vera del camino, agradecido por las semillas dulces
y las bocanadas de coloridas flores silvestres.
Tantos recordatorios de mi mortalidad
aquí, allá y en todos lados, visibles todo el tiempo,
prácticamente todo lo que puedo pensar, salvo tú,
apuntan hacia la puerta de este bar en la playa de Cocoa
sobre la que hay una declaración de que fue fundado
—aunque fundado no sea la palabra más apropiada— en 1996.