Traducciones – Alan Dugan


Oración fúnebre para un ratón

Éste, Señor, era un hermano inquieto y
un boceto viviente del miedo: a pesar de su buena salud
trajo consigo la peste como una ofrenda
a casa de sus anfitriones. Escondido tras un bigote de gato
pero con trinos de ave, era el fantasma
de los ruidos menores y una plaga de la cocina
que hacía subir a las damas en los asientos. Así que,
Señor, recibe nuestra culpa leve aunque emotiva
por un caído de poca monta y un pecado ancestral:
el asesinato de un comensal
que compartía nuestros alimentos: sólo en una ocasión cenó
muy lento, cuando moría en la trampa
debido al apetito inevitable y el espinazo roto.

Sin ponernos sentimentales, la ratonera incluye nuestra particular
concepción del ratón, pero para el ratón
es el árbol del bien y del mal con
su fruta trascendente, su crucifijo auténtico
y las puertas del infierno. Incluso cuando merodeaba
encarnaba a alguien parecido o mejor que
el creador de la trampa: su arrojo de terrorista nunca
nos conmovía, al contrario, en la noche nos forzaba a tener cautela
cuando salíamos hacia el comedor ¡Cuánta valentía, cuánto
apetito! Muchísimo más joven, al morir
envejeció más que nadie: su cola móvil y su nariz
convulsionaron en el atolladero de nuestro fastidio. ¿Por qué
entonces, al escuchar el sonido seco, nosotros, victoriosos,
comenzamos a reír sin disfrutarlo?

Nuestros estómagos, después de un profundo análisis
de los alimentos robados en otras trampas
(y preguntando, “¿Señor, Gran Anfitrión, para quién somos plaga?),
se contrajeron y exigieron que retiráramos
la máquina y sus resultados mortales,
como si los dedos del ratón, más finos
que alfileres de moño y tan quebradizos como el queso,
pudieran apresar nuestra vidas aprisionables, y en
sus movimientos de ahogado arrastrarnos hacia abajo también,
adentro de la muerte comunal al otro lado de la ratonera.