Todas las artes son pasajeras. Todas las artes son desperdicio.
Vayan a Egipto. Vayan a mirar la Esfinge.
Se está cayendo a pedazos. Sentada
en las aguas del desierto sobre una tabla de agua móvil.
En sólo unos cuantos miles de años
ha perdido los dedos de los pies en las tormentas
de arena en los vientos del Sahara.
Los Mamelucos le dispararon en la cara
porque se consideraban iconoclastas,
porque eran fusileros.
Los ingleses le robaron la barba
porque eran ladrones imperialistas.
Ahora está en el sótano del Museo Británico
donde los atenienses se quedaron sin mármoles.
Y la Ciudad de las Ideas
que una vez cruzó por el pensamiento de Sócrates
se marchitó también como el Partenón
por tanta emanación de gases de automóviles
y las porquerías de los turcos
que lo usaron como basurero.
Si esa ciudad tuvo alguna posibilidad
de volverse real en los hechos públicos
y no sólo en las palabras fue porque dijo:
“No en las cosas sino en las ideas”.
No en las ideas sino en las cosas
digo como decía William Carlos Williams,
cosas como la Esfinge son nuestra cosa,
la bestia del hombre vuelta una diosa
petrificada en el arte de proteger a los muertos
protegerlos de la nada, de la nada y los dedos
que se extinguen primero en el desierto,
después vuelan por la arena hacia la nada
impulsados por unos cuantos miles de años de aire,
arena, escoge tú, que puedes escoger,
ve a Egipto, ve y mira
la Esfinge mientras puedas.
El arte no es inmortal.
El arte no es mortal.
Todas las artes son ideas en las cosas.
Todas las artes son temporales. Todas las artes son desperdicio.
El desierto imperial comienza a asediarnos
con agua, arena y viento
para despedazar el feroz animal celeste que reside en el hombre
y devolverlo a la nada que lo esculpió.
Y no olvidemos a los mamelucos, no olvidemos a los ingleses.
Fueron los iconoclastas de su época,
fusileros primitivos, estafadores primigenios. Esta vez
sin duda podremos volver añicos la ferocidad del hombre.