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  • El anciano y la mar

    En el cuento de Borges Pierre Menard, autor del Quijote,  Pierre, un oscuro poeta simbolista francés de comienzos del siglo XX se embarca en la quijotesca tarea de escribir totalmente de nuevo el Quijote. Lo cual hace letra a letra, punto a punto. “No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote”, dijo alguna vez. Un intento, en apariencia atrevido y loco. Al final solo logró escribir dos capítulos y un fragmento.

    ¿Volver a escribir una obra? ¿No es ese el oficio del traductor? Como Pierre; con su misma obsesión por la fidelidad. Hasta el punto que alguien podría creer que traducir es el arte de volverse invisible para transferir sin distorsión palabras entre lenguas, que una de las cualidades más deseables del traductor sería la transparencia, y que —tal vez como un prestidigitador— debería ingeniar la forma de que sus “juegos de mano” no sean percibidos por el lector. Así aseguraría que el trasteo de las obras entre las lenguas se hiciera sin fricción ni grandes pérdidas.

    Sin embargo, en otro extremo están los que piensan que un traductor siempre puede y debe tomarse las libertades necesarias para lograr lo que cualquier escritor literario busca: una obra convincente; como afirma el mismo Borges, hasta el punto de sentenciar que “el original puede serle infiel a la traducción”.

    El fin último del artista traductor es conservar la obra de arte literaria, así que en su reelaboración trata de que las palabras vayan más allá de la fidelidad al significado para conquistar una lealtad mayor: el espíritu del impulso original, vaciado en sus propios signos estéticos.

    Por otro lado, las artes visuales gozan de gran libertad al procesar las obras literarias. Tomemos el caso de The Old Man and the Sea, la obra de Hemingway que fue llevada al cine en tres ocasiones. En dichas versiones, la cinematografía adaptó (distorsionó), y al adaptar las alejó inevitablemente del original. La adaptación requiere una lectura previa a fondo que después se reelabora, como la traducción. ¿Entonces, por qué no atrevernos a formular una retraducción creativa de esta obra?

    Para ello hay que dar un primer paso: colocarla a la sombra del Relato de un náufrago de García Márquez. Entre ambas obras existen interesantes semejanzas y conexiones: transcurren en su mayor parte en la soledad de un bote o de una balsa en el mar Caribe; encarnan la lucha por la supervivencia y generan héroes. Las dos tienen una base real, la de Hemingway: en sus propias experiencias y las de algunos pescadores cubanos. En particular, uno que llegó a puerto con un enorme marlín atado a un costado del bote, casi sin carne por las mordidas de los tiburones. Por su parte, el relato de García Márquez se basó en las entrevistas que sostuvo con el marinero Luis Alejandro Velasco sobre su experiencia de supervivencia en el mar después de permanecer a la deriva. Se confeccionó en “veinte sesiones de seis horas diarias, durante las cuales yo tomaba notas y soltaba preguntas tramposas para detectar sus contradicciones, logramos reconstruir el relato compacto y verídico de sus diez días en el mar”. Acordaron escribirlo en primera persona  firmado por el marinero Velasco. Ambos son relatos de extensión media que se publicaron por primera vez por entregas: uno en la revista Life en 1951; el otro en el periódico El Espectador en 1955. Se podría decir que son una suerte de gemelos.

    ¿Por qué no buscar que la comparación de The Old Man and the Sea con la traducción al inglés del Relato de un náufrago que hizo Gregory Rabassa genere un efecto garcía márquez sobre el original de Hemingway? En la práctica la cosa sería así: buscar palabras y expresiones que estén en ambos textos. Al encontrarlas buscar cómo las empleó García Márquez en el relato del náufrago. De este modo se podría lograr incorporar en la traducción el vocabulario y algunas cuerdas de la redacción del Relato del náufrago. Hipotéticamente: si García Márquez hubiera sido el traductor ¿cómo habría lidiado con las dificultades de traducción?

    En un segundo paso, se trata de lograr el efecto santiago, que le devolvería al pescador la autoría del relato que el uso de la tercera persona en la versión de Hemingway le arrebató. En la totalidad del libro hay una versión “subyacente” en español que hay que recuperar. En la mayor parte el libro es el flujo de consciencia del pescador cubano que Hemingway tradujo al inglés. Ese original de seguro ya no existe, entonces hay que reconstruirlo colocando a Santiago en el rol de narrador para que reconquiste la historia.

    En un tercer paso, para obtener una primera versión, y para asegurar el refinamiento de la textura en español del relato, el borrador se comparará con dos versiones previas; la del peninsular Lino Novás Calvo —versión que se ha considerado como la traducción oficial al español porque recibió la bendición de Hemingway, y en la cual intervino—, y la del mexicano José Agustín. De la comparación del primer borrador con dichas traducciones se obtendrá una réplica del texto más cercana al original que la traducción de Ernest Hemingway difundió en inglés.

    Al final, el inicio de la novela corta reescrita a la manera de Pierre Menard y retitulada como El anciano y la mar, quedaría así:

      Me acostumbré a pescar en solitario en un bote en la corriente del Golfo. Hoy completé ochenta y cuatro días sin pesca. En los primeros cuarenta días me acompañó un muchacho. Pero después de tanto tiempo sin capturas, sus padres le dijeron que no había nada que hacer, que me había salado para siempre…