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  • Un reservorio para la sequía

    desamar es mi oficio
    Jorge Eliécer Ordoñez Muñoz
    Anzuelo Ético, Cali, 2024, 80 págs.

    Que entre en este sereno y decantado poemario quien guste de la belleza que asombra y atropella. Escrito por Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz (1951), poeta y ensayista caleño, alguien que ha celebrado la vida y mira con compasión la muerte porque tiene claro que es nuestro único y definitivo destino.

    Lo titula así, sin mayúscula inicial, preludio del tono menor de un libro de madurez. Es un libro breve (12 poemas en prosa y 46 en verso) pero intenso; tendido como la cuerda de un barrilete. Muchos de los poemas, sobre todo los escritos en formato de prosa, logran una lúcida y apretada síntesis.

    Llama la atención el uso de la puntuación, de tipo minimalista. Prescinde del punto final, deja los poemas abiertos para que desagüen en el blanco que bordea los textos, así pueden seguir respirando; esto les agrega fluidez visual.

    No en balde su voz se ha pulido por años de compromiso con la estética de la palabra, recorrido que le ha llevado a perfeccionar el arte de la creación de imágenes poderosas en un lenguaje claro y preciso: licenciado en Filología e Idiomas de la Universidad Pedagógica de Tunja. Maestría en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. Profesor de Literatura y Artes del Lenguaje en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, hasta que se pensionó. Además ha sido reconocido con los premios nacionales de poesía: Universidad Industrial de Santander y Eduardo Cote Lamus; y un premio de ensayo: el Jorge Isaacs de la Gobernación del Valle del Cauca.

    Pareciera que alguien con un catalejo recorre las calles encendidas de Cali —cuando la brisa, llena de hielo o su recuerdo, resbala desde las  colinas del cañón del Dagua—, para sorprendernos con su forma singular de mirar los elementos y sensaciones cotidianas, clave de su poética.

    El libro tiene entrada: el poema “Umbral” que ilustra la eterna lucha entre las criaturas por sobrevivir (Una garza captura un pez que da las últimas cabriolas capoteando a la muerte); y salida: el poema “Final” donde dice: “Escucha / nada ha muerto”; sin embargo, “al fondo / a pesar de nosotros, / una puerta / cerrada para siempre”. (p. 78) Entre los dos portales: un recorrido, por la aspereza de la ciudad a través de algunos de sus personajes utilizando estampas urbanas, tomas de personajes desfavorecidos, reconocimiento de la hez de la ciudad, algunos nocturnos, además de  algunas vistas bucólicas.

    Es la mirada retrospectiva de quien contempla el mundo desde la moderación; la calma serena del caminante que ha visto suficiente y que declara: “Yo, como un bonzo / a punto de incinerarme / acerco mi candil / para descifrar el poema”. (p. 40)

    Leerlo es un gozo que no puedo disimular. Su destreza como cazador de cantos ha llegado a una cumbre. La agudeza de su mirada ha logrado un tope de refinamiento que emociona. Sabemos, tal como apuntó John Berger, que “La mirada viene antes que las palabras. El niño ve y reconoce su mundo mucho antes de ser capaz de hablar”. El poeta sabe que mirar es una manera de ordenar lo visible, y ha cumplido a cabalidad con el cometido de “poner los ojos en ese espejo del mundo que es la obra de arte que se abre frente a los ojos al mirar, al ser testigo” como señala Jorge Cadavid.

    Los invito a subirse en su carrusel de imágenes: la enigmática islandesa que a todos seduce en el café bar, la coreografía improvisada del paseador de perros, el desarrapado que golpea llantas por unas monedas, el librero de usados que teje su soledad a varias manos, los jugadores de dominó que parecen apostar algo más que unas cuantas monedas, los ancianos más jóvenes recostando sus taburetes frente a un viento de murciélagos, los ciclistas nocturnos de Cali que no buscan otro premio diferente al deseo cuando van y vienen por la Cañasgordas, una mujer sola que contempla a un hombre que mira sus 85 años por el retrovisor de un gato,  el callejero sin dientes para quien la palabra pirobo es tan hermosa como arcángel, un nocturno en un teatro en ruinas en el barrio Alameda donde a veces quisiéramos entender estos signos extraños de la vida o a veces conformarnos sin entender nada, el retrato en prosa del limpiabotas Chichí que canta tonadas antillanas mientras trabaja, una pareja de enamorados en bicicleta doble ovacionados por el silencio de una ceiba, el umbral de los ojos de agua de un gato azul que mira la danza del instante, el poeta en un intento fallido por tomarse una selfie, el vecino que tala árboles porque no le gustan los pájaros y la estriptisera que va al mercado a comprar víveres para sus hijos seguida por un secreto a voces…

    Por todas partes la nostalgia de lo vivido, principalmente en los afanes de la  ciudad: “por el trajín de / un día tan monótono como un armario”. El poeta se lamenta: “Pasan los transeúntes con escasez de Poesía / en los bolsillos”, y agrega “Camino por sus calles / y me parece mentira porque en el parque / juega el samoyedo con el pellar, / le da vueltas al tiempo la adolescente / en su bicicleta de aire”. (p. 39)

    Rastreando como un sabueso el espectáculo de la vida encuentra que desamar es despojarse para entrar en la desnudez vital. “Y en mis ojos de labrador acezante el gran hueso / de los tiempos modernos”. (p 17)

    Impresiona el cuidado con que se compuso el poemario, el manejo febril del escalpelo que lo forjó. El ritmo de los poemas en prosa deslumbra; si alguien tenía alguna duda de si la poesía cabe en la prosa, en este libro esa duda se extingue:


    “Y en las orillas del Lili unos mamíferos que parecen fantasmas: emergen temerosos de la fronda, guatines, como ángeles oscuros en la luz de la mañana…”

    “Elásticas y veloces criaturas pueblan estos rincones con la terquedad del estío, su pelambre tornasol se engarza en la pupila, nos recuerda el ancestro, cuando vigilábamos los últimos leños de la hoguera…” (p. 57)


    Abunda el contraste entre lo anodino aparente y lo sublime, para convencernos de que la poesía cabe en todas partes. Por ejemplo: En “Lo invisible del ángel”, de repente aparece esta imagen: “ni la lluvia / ni el silencio / tampoco los ensalmos del sicario / que acaricia su arma en la sombra del algarrobo”. (p. 30)

    Muchos poemas develan la truculencia de la ciudad, nos hacen recordar sucesos urbanos que muchos olvidamos o pasan desapercibidos, pero no para la mirada del poeta. De pronto salta lo prosaicamente citadino en medio del lirismo: en “Fuente tortugas”, brota el miedo que los callejeros le tienen a “la secta de los cabeza rapada, porque les tienen / terror a sus cadenas, / a sus perros amaestrados que saben oler el sexo / y las vísperas de la muerte”. (p. 35)

    En una postal nocturna de bulevar retrata de modo sutil el ardor de los cuerpos y el remolino del deseo al lado de un hilo de agua: “espejeado en la piedra por donde / corre el río con su cauce insondable, hasta llegar al / mar donde no muere”. (p. 23) Y no sabemos si es el río el que espejea, o el deseo de los “jóvenes inocentes e impuros” el que no muere.

    En “Avenida de los Totumos”, nos comparte la epifanía del gozo existencial en tono de oda y de jolgorio, le canta al desabrido fruto lleno de vacío: “Todo lo celebro, en este inusual paréntesis / del invierno”. (p.39)

    El recuerdo del “Bar Puñaladas a las 4 y 17 de la tarde” que evoca una calle de un barrio obrero desde cuya penumbra surge: “una voz grave que buscaba su recuerdo, / ronca y ensimismada, cavando una trinchera /de abandonos y túneles”. El poema termina con brusquedad con este verso entre paréntesis: “el resto lo dice la  canción / ese puerto de naves en naufragio / ese metal, tan hondo como un sable”. (p. 38)

    Hay una coincidencia que vale la pena anotar, un paralelismo de epifanías, en “Aeropuerto 6 y 30”. He tenido este sentimiento, lo reconozco: la sensación de ciudad provisional e instantánea. Poema que remata con un giro inesperado y enigmático: “Mi vuelo, el vuelo de todos, incluidos los ángeles, / se cancela por mal tiempo”. (p. 17)

    Su andadura nos reitera que “El río no muere en el mar”, para que tengamos presente que en las aguas se renuevan todos los ciclos y evocando a Adam Zagajewski: nos entrega el regalo de que “sólo en la belleza de creación ajena encontramos sosiego”.

    Es un poemario que insiste en que “La poesía no es más que un arduo aprendizaje del dolor y la felicidad de la vida en soledad” como escribió Pablo Montoya; en su transcurso entendemos el meollo del asunto de Jorge Eliécer: “No lo digas todo / guarda algunas palabras para la sequía”. (p. 41)


    Armando Ibarra Racines