Caminar por Barcelona en invierno es un goce, mayor si el cielo está despejado y se tiñe del azul profundo del Mediterráneo. Recorrer la calle Poeta Cabanyes, cruzar frente a la casa natal de Joan Manuel Serrat y terminar subiendo la cuesta hasta una de las calzadas que bordea el Montjuic, singular. Al remontar el último escalón y respirar el aire dulzón de los algarrobos nos asalta la pregunta de cómo y por qué vinimos.
A finales de 2021, cuando anunció su retiro de los escenarios con la gira El vicio de cantar surgió el deseo natural de despedirlo en Bogotá que seguramente sería la ciudad programada en Colombia. Pero el azar tiene sus recovecos. El 9 de diciembre a las dos de la tarde andaba de borondeo por internet y tropecé con un anuncio de venta de las boletas para el último concierto que realizaría el 23 de diciembre de 2022 en el Palau Sant Jordi de Barcelona.
Por curiosidad pinché el enlace. Me asignaron un turno del orden de los 20.000. (El aforo es de 15.000 personas). Después de unos minutos me dio acceso a la página de compra. Las boletas estaban a punto de agotarse. Escogí un par de asientos en la fila 26 del segundo piso frente al escenario. Comenzó un pulso entre doña Prudencia y doña Fantasía: le doy clic, no le doy clic… Al final se impuso el descontrol de impulsos: clic. Qué susto; los pasajes, el hospedaje, la manutención, sin saber todavía cómo, suponía que llegarían por añadidura. Lo más complicado era contarle a Nhora Elena sobre la compra.
Muchas veces damos por sentado que lo programado se materializa, pero los tropezones ocurren. Tres meses después tuve un infarto agudo catalogado como urgencia vital. Un cateterismo redentor y unos meses de rehabilitación me dejaron listo para seguir preparando el peregrinaje. Fue la mejor forma de aprender el significado de empujón brutal y carpe diem.
Cuando llegamos a Barcelona nos esperaban en el aeropuerto Pepe y Edna, con quienes compartiríamos la noche de navidad y la fiesta de Reyes en Igualada, una población de la Cataluña profunda, bajo la mirada bondadosa de Adriana cuyas narraciones nos recordarían las condiciones feudales de sumisión y miseria que antecedieron a la guerra civil.
Una vez instalados en el barrio L’eixample, todas las mañanas cruzábamos la calle para ir a papers i coses a comprar algunos periódicos. Leímos que la música de Serrat va directo al tórax. Que es un cantautor que no puede callar, porque tiene una voz interior que se hace oír a cualquier precio. Que impulsó a muchos a no tragar entero. Que se volvió un poeta necesario para la resistencia de los agobiados por la rutina y las angustias urbanas e introdujo en sus vidas dudas que les impulsaron.
Sin embargo hay muchos locales que lo critican. Cuando le comentamos a una vendedora en una librería que llegábamos desde Colombia para el concierto, no le dio mucha importancia. “Aquí hay mejores cantantes” dijo refiriéndose a la Nueva Canción catalana.
Sobrecoge y asombra la multitud que congrega. Él en el mirador lejano de su torre de marfil; nosotros acá, en los bordes de la estela que deja su paso. Hay que volar fuera de su ámbito porque todos los ídolos tienen pies de barro. Algo nos queda. Haber venido no fue moda, ni impostura, ni artificio. Nos congregaba una forma de mirar la vida con poesía.
El 23 tomamos el autobús temprano. La mayoría de los pasajeros de la ruta B-23 íbamos para el concierto. Una cohorte de adultos mayores movilizados por la magia del mercadeo camino al coliseo. Había despliegue de fuerza pública debido a las personalidades que asistirían. ¿Por qué tanta policía si somos viejitos sin mucha fuerza para destruir nada?
El auditorio se llenó lento formando una maraña de recuerdos. La tristeza y la alegría confluían en el enorme recinto. Qué sensación de tinaja a punto de desbordarse. Puntual, el telón lo parió sobre el escenario.
—Proclamo mi despido por voluntad propia —dijo con algo de temblor trenzado con nostalgia.
Tal vez por la tensión del adiós. A veces parecía un abuelo nostálgico y risueño, que le cantaba a un auditorio lleno de abuelos felices y rejuvenecidos al reconocerse en sus canciones.
Nuestra vecina de asiento, Rosa Lajusticia, nos contó que su madre y su hermana conocieron al Nano y a su primera novia, a quien le compuso Paraules d’Amor. Fue una intérprete de lujo susurrándole al oído la traducción de las letras a Nhora Elena.
Inició con Temps era temps. Siguió con Cançó de bressol, en la que castellano y catalán se entrelazan como su origen: madre aragonesa y padre catalán. Todos nos despedíamos al despedirle en medio del impulso poético de las canciones y lo refrendábamos con aplausos rabiosos y estridentes. Qué decir de la ovación que arrancó Mediterráneo y la emoción alada que desprendió Nanas de la cebolla, echando abajo la cárcel de Hernández por unos instantes y soltando una avalancha de ternura imparable. Y claro, Hoy puede ser un gran día, que sin duda fue; sobre todo cuando el público coreó Cantares. El punto de olla a presión que estalla llegó cuando el auditorio vuelto coro cantó Paraules d’Amor. Para el final reservó Una guitarra, de su primer álbum, instrumento tuvo que cambiar porque mal funcionó. El telón se lo tragó después de 2 horas, 16 minutos y 31 segundos de arrebato.
Salimos caminando a paso lento en medio de un silencio introspectivo y ceremonial. Bajamos durante veinte minutos la cuesta, nostálgicos y felices, para adentrarnos en el bullicio urbano de la plaza España. Parecía una procesión o un funeral. Por esos cruces fortuitos de los circuitos neuronales, recordé a mi padre, quien de seguro en Cali marcaría el ritmo de alguna canción cubana con la clave, la última ancla que le quedaba a los 98 años. Y recordé que cuando subimos las escaleras del olvido, lo último que nos queda en la mochila es el golpe de la música.
—Adéu Nano —perdona que me despida así, tan confianzudo.