Poemas del Metro de Medellín – Rubén Darío Lotero

LÍNEA A. SAN ANTONIO – NIQUÍA – SANTO DOMINGO. MAÑANA.
Pileta de agua, refréscame el rostro ardido.
(El empleado organiza los papeles de
oficina, arriba sobre el tejado, el balón perdido).
Valle de Aburrá, nació una niña, mi hija,
esta mañana
con ojos grandes para ver la bruma que
cruza por la montaña lejana.
Mientras teje las puntas de su pelo negro, la
joven estudiante lee y subraya:
“Transporte a través de la membrana
celular”
(la montaña de ladrillos sube, buscando el
cielo)
La joven se levanta y con una sonrisa
desaparece por la puerta del vagón.
Un rayo de sol ocupa su puesto; a su lado,
una niña arrodillada baila y canta mirando su
reflejo.
(Charlie Paola, la traductora, busca también
los poemas en el metro).
Bello abandono de vagones de tren sobre la
yerba (alguna vez mi padre montó en ellos)
El barrio se va buscando monte, lleva sobre
sus hombros un hogar:
dos manos entrelazadas, dos ojos que se
miran y conversan.
Una ventana abierta, un patio con ropa y un
vallenato, “porque he sido prisionero
en la batalla”, saliendo por la azotea.
Sobre los muros juego de niños arlequines y
de payasos (el viento mueve las palmas)
Unos niños se pelean a puños en la calle.
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METROCABLE. SANTO DOMINGO – PARQUE ARVÍ. MEDIODÍA
Señor del viento y de la nube,
he dejado mi calle y mi casa,
he dejado mi mujer y mis hijos
para llegar hasta este aire
que roza el bosque
buscando un tronco de madera
para construir mi jaula vacía.
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METROCABLE. SANTO DOMINGO – ACEVEDO – SAN ANTONIO. TARDE
Cambio de estación, cambio de música,
cambio de terrazas, cambio… ¿dónde, la flor
junto a la puerta?
En la azotea, las niñas ensayan su
coreografía escolar. El micrófono, una botella
vacía
de cerveza.
En Acevedo, los laureles se llenan de
pájaros cansados. El río sigue y sigue, continúa
trabajando.
Voy para mi casa y no paro en ninguna
estación.
Este tren seguirá de largo: ni capilla para
rezar, ni cuarto para amar.
Voy rápido en la tarde agradable para
saborear una rebanada de luna con sol.
Adiós, mon ami.
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LÍNEA A. NIQUÍA – ITAGUÍ. NOCHE.
(En Bello, la estación-riel brilla como una
estrella).
Padre, he salido de tu pueblo y voy al centro
de la ciudad.
Eras niño escolar montado en el ferrocarril
que te llevaba a la estación Villa,
¿acaso llegarás ahora a la de los Cien Años?
Ahora tu nieta se queda en la noche en casa
de su novio.
(Sobre los muslos de la madre, el niño ha
colocado la cabeza dormida.
Cada vez somos más los que suben a este
vagón.
Los jóvenes de tenis, bluyines y morrales
hablan: ¿cerrarán la universidad?)
Padre, mi hija está enamorada.
(El niño despierta y su madre lo lleva por la
plataforma de la mano)
¿A dónde vas mi niña, ya mujer?
Esta noche no llueve salgamos a bailar un
son.
Padre, ¿de qué viaje regresas? ¿Qué traes en
tu maleta?
Ella se colgará del cuello del joven y le dará
un beso.
Padre, mañana iré a visitarte, a conversar
acerca de tantos asuntos entrañables.
De niño, desde Bello hasta la quebrada
Ayurá has ido a recoger naranjas.
Ella recibe la llamada de su novio. Volará de
nuevo.
La noche, una mujer de ojos negros y
cabellera negra, al aire.