El canto madrugador del canario nos recuerda que todo vuelve, que todo sigue. La vida es pura terquedad.
No entendemos cómo de pronto te quedaste en blanco sosteniendo una leve constancia que se fue apagando en el aleteo de un reloj de arenas tenues. Nunca habíamos entendido el tiempo, hasta esta estación ciega y brutal. Hasta contemplarte acorralada sobre la camilla, jugando a la durmiente de hielo, fingiendo un apacible dormitar de hiedras venenosas en tránsito hacia el mármol quebradizo.
Te pusiste la máscara aterradora. Ya no eras tú, sino el germen de un fantasma acusador y terrible, riguroso, inofensivo, aturdido. Sostendremos el agobio del antifaz hasta la próxima parada, la definitiva y atroz. La verdad, no quiero cesar de agitar este lápiz, esta espada de letras, para que no termine, la Gran Tejedora, la mortaja insalvable, y la ciña sobre los rostros y complete el gran repertorio de estatuas saladas, con la noble indiferencia de los que nunca regresarán.