
Este libro de poemas en prosa, de tono elegíaco, es un recorrido a la propia caducidad, a la evidente y alarmante merma del cuerpo y sus frágiles artefactos; a la vez, como toda elegía, un canto de despedida. Cronología de los sentimientos de desamparo y la lenta restauración que atraviesan el proceso de los dolientes. De cómo se va conformando la difícil y necesaria aceptación de la muerte, y lo que ocurre alrededor, mientras los rituales funerarios progresan. Está lleno de acontecimientos inconexos, en apariencia; porque la muerte es la gran lupa que amplifica los mínimos detalles cotidianos, que fulge como el Gran Solvente.
Es un constante indagar en el duro tránsito de ir aceptando poco a poco los dictámenes de la pompa provisoria, la decantación de las agonías de la pérdida; en medio de la evocación de situaciones domésticas, en ciudades que el salitre y el paso del tiempo azotan sin remordimiento.
También es una especie de bitácora del recorrido de las marcas que el amor imperfecto ―como todo lo humano― va dejando en la historia de cualquiera. No hay en el texto lamentos ni demandas lastimeras, solo mortal y serena aceptación de un designio mayor; que los versos, oficiando también de enterradores, van tratando de fraguar con canto. Porque en el fondo ¿qué más podemos hacer para aplacar el deterioro de la provisional y fugaz llama de la consciencia, que soltar las redes del verbo para logar un alivio transitorio?
La noche oscura es un intento de pócima de luz para reparar lo irreparable, para procurar aliviar las heridas que causan los manotazos brutales, para paliar la orfandad tardía. La palabra se aferra a la prosa en una serie de estampas diversas que fulgen de daguerrotipos y sepias instantáneas, en paisajes donde el mar y la ciudad amurallada son el telón de fondo.
Si hay escrituras difíciles, la elegía a la madre es una de ellas; que aquí logra una suave tensión con refinada pulcritud, por fuera de lugares comunes en el lenguaje, pero recurriendo a lugares comunes en la mirada doliente. En La noche oscura la lengua es una cuerda tensada al extremo barroco, con el fin de hilar un adiós digno.
Es un libro de poemas en prosa, a veces narrativos, a veces reflexivos. La muerte de la madre desencadena una mirada retrospectiva sobre los asuntos y los momentos que son la suma de la vida: escenas de la infancia, evocaciones de aromas perdidos, viaje del presente hacia el pasado. El poeta es, en este libro, arquitecto. Restaurador, sería más preciso.
Como una sonda que busca fugas de luz en la noche oscura, el libro reflexiona sobre la enfermedad, sobre lo que el poeta llama los frágiles artefactos del cuerpo. Y en el telón de fondo se establece una conversación póstuma. Restitución del mundo y la memoria para construir el duelo. Más allá de esta circunstancia encontramos una poesía distinta, poco definible: elegía de un ser que está muriendo, y al tiempo hay que reconstruir, para saber qué fue y qué será la vida luego de esta muerte. Como si la muerte abriera la pregunta sobre lo que fue esa relación, como si ese hecho definitivo permitiera, obligara a buscar un asidero para entender qué somos, qué fuimos. Agregaría que el humor también habita estas evocaciones, la construcción de este duelo hace pausas para tomar aire y se atreve a la ironía en medio del dolor.
— Jose Zuleta
Estas sucintas prosas, se encuentran ahí, tan sólo para desplegar con fuerza y autenticidad el hecho de haber vivido.
— Roberto Manzano