«Y llegó hasta el límite de mi ser, como un mármol que naufraga sobre una tumba».
Gustavo Ibarra M.
1
muerte,
cada día te me entrelazas
en un abrazo sexual:
—ay! me transmuto casi a hierro,
a escorias celulares,
aserrín de piedra—
por dentro:
la culebra metafísica serpea
—próxima a mudar de piel—
más adentro:
una médula traspasada y fumante
—envuelta en sí misma, perdida en sí toda—
2
muertecita,
cada noche me das la prueba,
encantado en tu ánfora
bebo en los poros bacanal oscura,
medianoche intensa;
cada luna que mengua te descorre un velo
y te voy conociendo:
huesuda caricia despoblada
—vacío lleno de querer! —
3
muertezota,
a la vía láctea me arrojas,
a manotadas llenas de armando
del planeta, de su satélite:
esquirlas finales,
hemisféricamente distribuidas
—perfiles harapientos de luz—:
mensajeros alados del espacio sin viento,
parlanchines energéticos de nuestro desgaste
4
muertucha,
de oro a plata,
a hierro, a fango
de fango a luz
tan sin límites,
tan ilimitadamente iluminado
¿es este el morir minucioso,
tu labranza de gusanos?
5
muertaza,
cada día un sol diferente
un aire del extranjero
una luz extraterrestre
cada año una «o»
que no se conoce
y se va apagando entre la maleza;
una uña rasgadora,
un marfil eterno:
que de acero, unos
que de carburo, otros
dicen
6
muertona,
cada vez más sueltos los goznes,
más estirado el caucho
que se abre en incontables ramas y hojas
inexplicables
aflojándose poco a poco
como queriendo un desagüe necesario
7
muertita,
siempre serás insignificante
comparada
con la desolación
de las marejadas que te cercan