Marina


Llorar en la playa:
ligar sal
con salmuera.

La mareta sube
hasta el techo de la cabaña.

El camastro es un fondo de acuario:
una anguila furiosa
electrifica los nervios deshilachados,
un tiburón frenético
destaza los filamentos del relleno,
un coral de nudos ciegos
enzarza las entrañas.

Las olas saltan
formando rumorosos cristales
de nácar efímero.

El mar retumba.
Vibran las tablas del piso.

Contra las rasgadas mantas
sólo golpetea
el oleaje del aguasal exhausta.

La bajamar
resbala sobre el acantilado mayor
de un lecho
que podría desplomarse
en el embudo del olvido,
—junto con el cuchitril
y sus melindres—
preso de la licuadora
de aquella deidad oceánica
que tanto nos odió,
cuyo nombre
—onomatopeya de maretazos—
nunca pudimos retener.