Categoría: Reseñas

  • Orlando Mondragón: Cuando un poeta empuña el bisturí

    El mundo entero es nuestro hospital.
    T.S. Eliot

    Médico cirujano y psiquiatra, nació en Zirándaro, Guerrero, en 1993. Hijo de un profesor de matemáticas y una maestra de primaria en un pueblo de menos de tres mil habitantes. A los doce años se mudó a Ciudad Altamirano y en 2010 a Ciudad de México para estudiar medicina. “Cuando era muy pequeño descubrí que yo era distinto porque me gustaban los demás varones. Y ese sentimiento de desprotección me llevó o me inclinó a querer proteger a los demás.”

    En 2021 con el libro Cuadernos de patología humana ganó el premio Loewe de Poesía. Fue el primer poeta menor de 30 años en recibir el galardón. Es un libro menudo de 65 páginas en tamaño media carta. Lo componen 27 poemas intercalados con 14 prosas poéticas denominadas Suturas. En palabras de Margo Glantz, jurado del premio: “es un manual de procedimientos hospitalarios. Un poemario de una extraña belleza, recorre una a una las distintas salas donde lo espera la muerte y, si no fuera melodramático, diría que en este poemario la muerte es bella. Allí, lo sucio, lo siniestro, se explora con metáforas de extraordinaria belleza”.

    En el atiborrado mundo de un hospital, un joven médico anota, no solo cuestiones de clínica sino observaciones que desbordan lo convencional. Se da cuenta que es un potencial paciente, mortal al igual que todos; y con fervor y constancia eleva en palabras el registro de su percepción poética hacia una estética sublime y descarnada. La humanización de la medicina que logra en sus cuadernos es notable, para hacerlo hay que tener una sensibilidad muy especial.

    Desde los primeros versos se nota que el libro va de dos faces, desde el médico y desde el enfermo:

    Le tomo la mano a mi enfermo
    para saber que sigo vivo.

    Dice de un paciente que acaba de morir.

    El médico ausculta, huele y reconoce el olor de la muerte al caminar por los pasillos; registra la presencia silenciosa de los que recogen deshechos y limpian; contempla a los enfermos y sus cuidadores en la noche. Asigna etiquetas sentenciosas: La vida comienza con un exilio. Nota que hay supervisores que borran los nombres de las pizarras de los enfermos con la misma mano de la muerte. En todas partes se atraviesa el rigor de la corporeidad, la percepción de los que atienden los asuntos de la carne y sus complicaciones orgánicas. Una madre primeriza amamanta al bebé:

    […] Una por una
    reviso las costuras de la noche.
    Abre su bata
    y de su seno brota el líquido
    que al escurrir sobre la tela
    forma un círculo
                                  cálido
                                  dulce.

    Afuera, la luna llena se detiene
    y mancha los hilos del cielo nocturno.

    Qué ganas de sorberla.

    Hay una secuencia de una urgencia que termina en muerte, que nos deja sin aire. Puede uno imaginar las bromas de los estudiantes en la clase de disección de cadáveres. Nos sorprende con la perplejidad de la enfermera cuando los párpados del muerto se levantan. El poema a la médica amiga que tiene cáncer de tiroides, es conmovedor. En la cama cinco está Cristo. Los recién nacidos llegan con un corazón en blanco. El médico recuerda con malestar que desconectó un enfermo del soporte vital. En cuartos contiguos, ambos heridos, el atracador y el atracado; el atracador sobrevive. En el poema X el médico aterrado escribe:

    Escribo para que el tiempo
    realice el inventario
    de los hechos.
    24 de octubre.
    Tengo un niño que nació
    muerto en mis brazos.
    La madre no quiere cargarlo.
    ¿Dónde lo pongo?

    Alguien muere en la sala de urgencias. Le aconseja paciencia a la madre del niño enfermo. Ayuda a la nieta de una anciana con Alzheimer. Describe al conductor de la ambulancia. Describe la habitación donde está el armario de los frascos de formol. Reflexiona sobre la gasa, el bisturí y la jeringa. En medio de los afanes hospitalarios tiene una epifanía: Las palabras manchan lo que nombro.

    Los poemas en prosa que denomina Suturas giran alrededor del rojo sangre. Escandalosa y tropelera. Brota en la urgencia vital. Colorea el nacimiento manchando los guantes del médico partero. El regreso del rojo a la piel del brazo del niño significa vida. El azul y el rojo rivalizan en la sala de operaciones. El extremo rojo de la luz cuaja en misterio. El viaje interior del rojo en las células transmuta en energía. La sangre torna resbaladiza la superficie del piso. La sangre es enredadera de palabras que brota desde la boca del médico. Rojo es la expresión máxima del dolor. Iniciamos el viaje desde un diminuto círculo de sangre. Un trazo rubí persigue al médico cuando deja el hospital, como un perro fiel.

    El poemario tiene un tono de respuesta de oráculo: que nadie se engañe, parece decir el médico, que funge de pitonisa: la vida es una gran tragedia cercada por el nacimiento y la muerte. En el trayecto: dolor, sufrimiento e incertidumbre. A veces nos ofrece la respuesta en forma de enigma. Creo que Orlando en este libro, como los mexicas: afirma que el ser humano es un ser para la muerte y que todo en la vida está orientado hacia ese destino final. Me atrevería a decir que incrustada en su libro hay una catrina: la muerte no vista como un final absoluto, sino como una etapa más del leve ciclo vital dentro de la delgada biosfera.