En estos tablones,
que flotan sobre el Piélago de la Soledad,
navego en un lejano mar de alfombras oceánicas.
A la deriva,
en medio de las súbitas tempestades de la sangre,
logro aferrarme a un islote de hormigón armado,
mientras los sorprendidos vecinos exclaman:
“¡Hay un náufrago en el 506!”