No he vuelto a cocinar.
Los calderos,
llenos de telarañas.
En el fogón,
el hollín envejece
en los peroles
oxidados y cesantes.
Mi sabor no interesa,
lo único notable
es el estragón de tu aderezo.
El paladar desabrido,
aún persigue,
entre los bordados de la coliflor
y las verdes nubosidades de los brócolis,
la tiranía de tus manos
sobre el aceite,
la parsimonia de tu lengua
sobre la sal de ajo,
el fermento de tus pasos
sobre lajas de ruin cerámica.