Y qué tal,
cuando heridos por sus filos ansiosos
dormitábamos sobre los cuchillos
del verbo consumado.
O cuando nos empeñábamos
en apretar las rosas miserables,
en mordisquear los pétalos acicutados,
en macerar las hojas
que recogíamos en el sembrado de ortigas
en las parcelas del encamado.
O cuando de un lado a otro,
saltábamos como malabaristas
para no pisar la franja
de minas quiebrasueños
bajo el camuflaje de las sábanas.
Y qué,
cuando las malezas
que proliferaban en los campos del cuerpo
se miraban en los espejos del techo.
O cuando desplegábamos
unas brillantes alas coloreadas
con ese regocijo irisado
que sólo se encuentra
en la carnicería del amor.