el tiempo teje el paisaje con hebras de telaraña.
enredando sus escrupulosos hilos amarillos
en los electrones de todo lo terrestre,
una mecedora queda presa en el tejido:
sobre ella,
una mujer aislada de la fecha
y sus demoliciones
se balancea en la pureza esencial del recuerdo,
entonces,
quiero descender al aluminio de la silla,
y entre los listones plásticos de colores
ir purificando lo esquivo de la realidad
para que una alquimia iluminada,
en la raíz del ser,
decante hermosos cristales
de mineral de mar...
el planchón naufrago:
entre el cieno,
a la orilla del caño,
había un planchón hundido;
pequeña ciudad de hadas amarillas,
allí el agua construía calles rutilantes
y la luz congelaba arcoiris desfigurados;
la pedrería del gigante carcomido
se mecía como un arrecife de las profundidades de la atmósfera,
donde roncos minerales se podrían
en la disuelta arquitectura
del hierro decrépito
el callejón:
con sus larguísimas entradas de autos
llenas de misterio,
sus casas inmensas
que parecían flotar sobre solares ilimitados,
calles pavimentadas con trozos de coralillo
como una harina gruesa y única
la fábrica de hielo de la Popa
habitando en una lejanía prohibida
tallos que sangraban leche,
extrañas flores azules pequeñísimas
rodeadas de espinas
un portal con una ventana de vientre curvo
y rejas espaciadas
que daban al espectáculo de la calle
una tapia atrás
donde agonizaban los manglares
un muellecito sobre el caño,
al borde del agua,
entreabriendo con persistencia
las costuras de lo imaginable...
los cangrejos:
que pasaban como pequeños acorazados
bailando una danza totémica
y de pronto se zambullían en la arena
cuajando el misterio
cuando se perdían en el ramaje oscuro del vacío
que a través de sus túneles
descendía hasta las entrañas del planeta
la iguana:
que un niño quería domesticar
y pasear con una cinta azul
como si fuera un perro faldero
el ventilador:
que encendido en la noche
era como un insecto gigante
diseminando el olor de las sábanas verdes
y cocinando su infusión de aspas en el vacío:
bebida íntima que aún hoy me estremece
los mamoncillos:
que son el mármol sudando clorofila entre las hojas,
los ojos de un árbol pez,
el caviar de primitivos habitantes
de las ciénagas,
dioses errantes de países verdes
el coco:
pequeño mar dulce interior
de paredes rústicas,
copa de nieve vegetal,
nube de carne blanca,
lana del traspatio
donde el cocotero izaba su ramaje
y daba aletazos
como un ave recién parida
en el pantano
el zapote:
rubor de la carne vegetal
zurcida con rebanadas de crepúsculo,
dulzura del sol coagulado
y atragantado en las cáscaras de la tierra
alzándose con suavidad
a los labios del fruto