Abrojal

La tierra pobre es rentable para albergar despojos y cenizas. Los áridos jejenes patrullan los cardos y los cactus, en busca de pocetas de sangre enlutada. El grafito también son restos carbonizados. Voy mermando en el aire con cada bocanada, con cada trazo. Todo parcelado, en cubículos mínimos.

¿Acaso no te abriste, en un último salto de semilla, hacia los amplios vectores del vuelo libre?

Hay un cansancio en la lengua; las ataduras del lenguaje no me dejan verte, ni reconocer el vacío ilimitado de tu revuelta. Los golpes de los portones, sí saben de despedidas.

El cielo bajo me agobia. El paisaje sigue inmerso en sus afanes, rodando: el temblor de las hojas, las volutas impredecibles de las chimeneas, la tensión de las espinas, la rigurosa línea del horizonte, el agua en su vestido de nube y el candor plomizo de un domingo por la tarde; enterrados en la certidumbre de que nunca volverás a timbrar.