Canto sobre el pastizal

Las aves madrugadoras insisten en su gorjeo pendenciero. Son una joya de taladro para medrar la noche oscura. Se estira, como un caucho, el apetito de erguirse hacia las frondas inéditas del día. ¿Qué nos deparará la nueva jornada? Sea lo que sea, ocurrirá por fuera de la geografía de tus buenos días, que ahora reposan, bien doblados, en el cuarto de las mortajas.

En sus pliegues termina un zurcido que iba desde la lengua de los canarios hasta los adjetivos que tus ojos enredaban en la luz para batir el árbol de la mirada: amuleto bífido que alumbró los primeros asombros, cuando la claridad abrió surcos en los nervios vírgenes y fue tejiendo esta enramada que pervive en el aliento terco, y restituye los chiminangos a las altura de los nudos caprichosos y felices.