Velo deleznable

El fresco se alza, entre el follaje de la albahaca, adelgazándose fino y olvidadizo. Los dedos crujientes y torpes, entre las lanzas de césped, tantean las últimas texturas, como un ciego caminando sobre el braille al extremo de un camino de dedos agotados. Pasmada, apenas rozando el límite material. La plomada del adiós hala, reclama los materiales que la tierra avariciosa dirige al centro de gravedad de la esfera, presta a la partida.

La nata de la aurora progresa sobre los cañaduzales, que además de un tinto amargo, se empeña, insiste en borrar la noche oscura, en cegarnos con un fulgor que vació de tus ojos y que ahora reparte con matemática obstinación para restituir lo irrestituible. Insiste, repito, en el bosquejo de un aire, en el diagrama de una hilacha verde por la que se te fue la vida entre huesos cansados, obstinados en no apoyarte más.