Flotar sobre la creación, ensartando abalorios, confeccionando insectos casi de jade, amasando harina para dar vida a muñecos de azúcar soñadores. El coco teñido: presagio de campos encantados. Satín, dacrón, hoja rota, para regir el destino de los cuerpos desamparados. Chaquiras instantáneas ensartadas en un crepúsculo de tijeretas ateridas.
La busca de un vuelo para apaciguar las manos hacedoras que no conocieron el reposo, hasta que las ensartó la guadaña de la hiena feroz agazapada en los hospitales. Cerró los ojos, tapó los poros, dejando un reguero de artefactos huérfanos, un charco de gemas aserradas.
La tierra de la bisutería tuvo evidente y plomiza clausura, cuando tus párpados, agravados en púrpura, no quisieron levantarse más en ese sótano, bajo el feudo de los desechos hospitalarios: frontera de la basura, hacia donde marchan en socarrón desfile nuestras ciudades, con sus órdenes exactos.
Convenio cumplido por la gusanera que crece y se solaza en la competencia perfecta y propaga mundos felices en el papel moneda. Los diarios oficiales salpican sangre en frases de alambre de púas, con las que confeccionan leyes, también impecables. Todo es perfecto en este mundo de normas severas, salvo tu boca cerrada, aún en su mutismo tibio, salvo el fieltro azul que te arropaba como la bandera de la vergüenza.
¿En qué país del viento fracturado, del agua podrida vivimos? ¿Volar entre hilos de plata, hilvanando una frazada mágica, para terminar en el fondo de baúl de una enfermera, acicalada para el último festín?
No eran estos los afanes de la vida, ni las promesas que las manos tejieron en innumerables días y noches de artesanía febril.
La muerte te ciñó un último collar amargo. Es doloroso aceptarlo, te lucía. A la Provocadora no se le contradice, recibimos sus afeites, a pesar del descalabro que significó verte postrada en el cuerpo maltratado, verte salir volando, desaliñada, quién sabe para dónde.