Celda quimera

Un muchacho, cautivo entre barrotes de aire, rompible, como un comodín de azúcar, indeciso: que se va, que no se va, que se queda, que no se queda. Mientras tanto, la ciudad se transforma. Crece como la hierba después de la lluvia. Embiste como un antílope asustado.

No sabe qué hacer, todos los buques zarpan, ninguno lo lleva; entonces, se encierra en un capullo de sueños. Ya no alcanza, no llega a tiempo.

Al otro lado, cosas imaginadas. Una felicidad marina inalcanzable. Algún día los navios levarán todas las anclas, izarán todas las velas; entonces, de frente: el perfil inequívoco de la muerte.