Todos los días nos asomamos a la ventana para contemplar el alzamiento del esplendor. Próximo a borbotear desde el alba, el estruendo de la ciudad ensaya su asalto. Los escondrijos olvidados del ojo atento se sacudirán de encima la noche oscura y parecerá entonces que lo propio es el derroche, el ronquido del ogro, el ramillete de ardores y su plástico aromado, la cascada de baba desde los edificios.
Los perseguidos bien aceitados, girarán, rasparán, flotarán, de extremo a extremo sacudiéndose; en los filos tóxicos, en las aristas enfermas, aferrados a los gases, lubricados, extasiados en el frenesí, en el derroche del hormiguero hirviente, prestos a beber alucinados en la fuente del contraste.
Entonces, sus goznes lograrán la esperada torsión de los mercados, y el punto de la risa prestada.