Traducciones – Shira Erlichman


Estimada Dra. Pedrosa

Doctora de la Unidad de Trauma del Hospital Mental McLean,
o al menos cuando te conocí, eras.
Te nombro porque no puedo creer que así te llames.
Qué conveniente. Tú me convocaste a gritos en el cuartito
del hospital mental,
y me hiciste saltar de la cama donde me senté atolondrada,
recién llegada, en la inflexible luz de las 7 a.m.,
después de dormir en una camilla en la sala de urgencias.

Tu mirada atravesó mi cráneo
como si en el fondo proyectaran una película
y tú escribieras el filme como escribes recetas.

Mereces tu apellido. Recuerdo que pensé.
Al contemplar la profecía de tu rostro
y entender su esencia pétrea,
corazón de fruto drupáceo, como el durazno.
Pedrosa tiene su verbo: lapidar,
matar tirando piedras.

Me recetaste Trihexifenidilo y te dije: “lo tomé”.
Dijiste Seroquel y Risperidona, recuerdo
que hice un esfuerzo para que me agradaras,
comenzando por el lunar en el mentón.

Pensé: Si me puede gustar esa piedrita marrón,
ella me puede gustar.

Apretabas los labios, la barbilla ligeramente recortada,
tus ojos comprometidos en el rodeo
y conspiración de abismos que me atravesaba;
pero intenté, porque hasta en las mañanas más nefastas
necesitaba algo que me diera confianza, aunque fueras tú.

Quise que tu apellido fuera la profecía de un pulimento.

En el barniz eléctrico del laberinto de la locura sentí
que un tiburón bebé nadaba en mi cerebelo
y continué respondiendo:
“lo tomé”.
Aterrizaste en Abilify. Te dije
“Ese medicamento me hizo vomitar, me cayó mal”.
Monótona, me diste instrucciones:
“Lo vas a tomar otra vez”.
A través de la bofetada de luces de neón hasta un rostro impávido:
“pero lo tomé y me hizo vomitar”.

Firmaste la receta.

Tal vez eras una madre. Es posible. Tal vez eras una muerta. Hay formas
de ser ambas al tiempo. Puede que alguna vez estudiaras medicina para sanar
una grieta incurable en tu pasado mudo y resplandeciente,
o porque eras curiosa, apasionada, hasta
amable.

Ahora yo estaba allí, uno de tantos rompecabezas de cuerpos
que vienen a sentarse en tu consultorio sin ventanas, a prueba de desastres
en un universo fallido, diosa impía,
muchacha que no pudo o no podría encontrar una salida.
Para ser indolente hay que ser calculadora.

Me replegué a mi cuartito para dormir
dos días en un rígido bastidor sobre sábanas públicas
que pertenecieron a íntimos sudores ajenos.

El primer día me tragué tu receta
y realicé un collage de papel maché con periódicos,
el segundo día vomité
a dosis de Abilify sobre la alfombra.

Cuando regresé a tu oficina,
marcaste algunas casillas, no me
miraste a los ojos,
dijiste: “Entonces, ya sabemos”.