Traducciones – Czesław Miłosz


ESSÉ

Cuando miré ese rostro, quedé mudo. Las luces de las estaciones del métro pasaron volando.  No me di cuenta. ¿Qué podemos hacer si nuestra mirada carece del poder para devorar objetos en el éxtasis del instante, dejando tan solo el vacío de una forma ideal, una señal como el dibujo simplificado de un jeroglífico de animal o ave? Una nariz algo respingada, la frente alta con el cabello bien acicalado y peinado hacia atrás, la línea del mentón —¿pero,  por qué el poder de la mirada no es absoluto?— y en una blancura matizada de rosa la escultura de dos hoyuelos, lava reluciente. Someterse al yugo de ese rostro pero al mismo tiempo tenerlo contra el telón de todas las ramas del verano, las paredes, las olas, en el llanto, la risa, remontándolo quince años atrás, o treinta adelante. Poseer. No es siquiera un deseo. Como una mariposa, un pez, el tallo de una planta, solo que más misterioso. Y también me ocurrió que después de tantos intentos por nombrar el mundo, solo soy capaz de repetir —insistiendo con un harpa de una sola cuerda, la más alta—, la única concesión que ningún poder conquista: soy, es. Griten, toquen las trompetas, hagan marchas multitudinarias, brinquen, rásguense las vestiduras, repitiendo únicamente: ¡es!

Se bajó del tren en Raspail. Me dejó atrás con la enormidad de las cosas reales. Una esponja, sufriente porque no puede empaparse; un río, sufriente porque los reflejos de las nubes y los árboles no son nubes ni árboles.