Traducciones – Max Ritvo


Los muchachos van a la guerra

Su padre le dijo que nunca comenzara a escribir
o a leer un libro a la mitad.

Hay un título, no continúes sin uno.
Y no continuó sin uno: lo nombraron soldado raso.

Este fue la eje central de la vida: el muchacho obediente
siempre comenzó por el principio.

Los libros comienzan con lo que el muchacho llama Belleza:
el bote todavía está en el puerto. El gato está vivo. La alacena está empacada.

Hasta el presente tiene algo de la gracia del pasado,
con todo el presente dispuesto a fugarse.

Generalmente, al llegar a la primera o segunda página,
surge una relación entre texto y título.

Algunas palabra se nublan en la página
y las palabras claves brillan,

también el título, y una flecha roja gruesa
con dos puntas, las conecta. ¡Mmm!

Se parece a ser dueño de algo. En el pocedimiento
cuando pagó por una gorra fina y se la puso,

sintió un circuito que atravesaba el contorno y el tope
y los lados , enjuagando el sombrero gris de sangre.

Y sintió como si el corazón regulara este circuito
a control remoto por medio de un microcircuito.

Si un libro no podía oficiarle la ceremonia con esta verdad,
que era todo el placer del mundo,

generalmente dejaría de leer.
De todos modos llegó al final de muy pocos libros: 

¿Quién necesita dos cúspides? Despues de esa sensación tan fuerte
el libro simpre cambiaba. Era como mirar

un plato de comida a medio terminar
y que te deja hinchado y con naúseas.

Ahora se dedica a marchar. Ahora su pistola
hace un nido con manchas rojas asquerosas

en el revés del codo.
Ahora su trasero chorrea líquido fétido todo el día.

Toda la vida se ha equilibrado
en un tablado ridículamente delgado

y a medida que continúa desplazándose
no puede saber si tal vez no sea un andamio.

No le gusta el interruptor del encendido.
¿Que hay allá afuera? Se pregunta, en lo que por ahora llama el océano.

A su derecha hay un caimán. Pero la cresta de la cabeza no tiene hueso.
Está apuntalada por vapores: abundantes, oscuros y cáusticos.

A lo lejos, los hombres crían delfines agrietados.
Los respiraderos escupen flechas de fuego. Las heridas sangran plata.

Quizas se conectan con un título en el cielo.
Pero, no ve ninguno de estos signos.

El mundo es en su mayoría marrón y negro,
y huele como una nevera podrida.

¿Qué es? ¿Qué es? ¿Es una mano?
¿Es un ojo? ¿Es una gorra? Es el tiempo.