- Castidad anatómica e hidráulica
- El arcón del ajuar
- El Cielo es una floración mutua
- El paisaje sonoro de la vida está chamuscado por hogueras diminutas
- La TV después habló sobre una peste que sufren las máquinas
- Los muchachos van a la guerra
- Los sentidos
- Poema acerca de tu ser perfecto y mi ser asustadizo
- Poema para mis crías
- Radiación en Nueva Jersey, convalecencia en Nueva York
- Tarde
- Toros negros
- Tu voz en la Sala de Quimio
(19 de diciembre de 1990 – 23 de agosto de 2016) fue un poeta estadounidense. Milkweed Editions publicó póstumamente una colección completa de sus poemas, Four Reincarnations.
Nació en Los Ángeles, California, hijo de Riva Ariella Ritvo, terapeuta infantil e investigadora biomédica, y Edward Ritvo, psiquiatra e investigador. Creció con sus dos hermanas mayores, Victoria y Skylre. El inversionista y filántropo Alan B. Slifka era su padrastro. Se graduó de secundaria en la Escuela Harvard-Westlake en Los Ángeles, Ritvo logró su grado universitario en inglés en la Universidad de Yale, donde editaba una revista literaria y actuaba con un grupo de comedia, y la maestría en poesía en la Universidad de Columbia. En 2014, fue galardonado con una beca de la Sociedad de Poesía de América por su libro Aeons. El 1 de agosto de 2015, se casó con Victoria Jackson-Hanen, candidata a doctorado en psicología en la Universidad de Princeton, en una ceremonia oficiada por la poetisa Louise Glück. Fue editor de poesía en las revistas Parnassus, Poetry in Review y profesor en Columbia.
Ritvo fue diagnosticado con sarcoma de Ewing a los 16 años y murió por esta enfermedad a los 26 años en su casa de Los Ángeles el 23 de agosto de 2016.
Su obra ha sido publicada en Poetry, New Yorker, Boston Review y Poets.org. Fue entrevistado en numerosas ocasiones para prensa y radio antes de su muerte.
Reseña de Lucie Brock-Broido publicada en el Boston Review (23 de septiembre de 2015)
Max Ritvo es un poeta de arrebatos. Es un transmutador del tormento y depositario de “la esperanza alada”. También es un realista, un cómico talentoso, un astrónomo, un niño prodigio, un surrealista, un genio y un dispensador del goce puro (y del impuro). Su obra se compone, simple y llanamente, de inocencia, lujo y frenesí. Está recargada con calor mamífero; es un tótem de encarnación y asombro. En los borrosas galerías moradas de una muerte inminente, su obra es fulgurante y sucia, enigmática y ruidosa, llena de vitales compasiones y pasiones, y arrebatos.
Cuando recibimos el primer manuscrito de Ritvo, altamente provocador, Ocho reencarnaciones, nos sentimos perplejosal ver (o escuchar) un joven en las increíblemente delgadas orillas del tablado de sus versos, preparado y dispuesto (y con una voluntad fervorosa) de caer, sin caer, sin abandono, sin restricciones. Corre el riesgo de hacer el ridículo. Corteja la gloria. Apenas alguien está listo a preguntar (ojos abiertos, preocupado) ¿En verdad está dispuesto a poner este tema por escrito? Ya lo ha hecho, y no hay forma de dar marcha atrás.
Y deseamos que continúe, que continúe con el embeleso inverosímil de su lustre, el resplandor de su efervescencia (incomparable). Uno quiere que su obra perdure: en este mundo y también en el otro. Puede escribir sobre la belleza atroz. Puede lograr que lo horroroso se humanice. Deseamos que su forma de ver la vida continúe, sin parar. Su temática es lo ilimitado, pero constreñida por el aliento (y el alcance), duro y desalentador de los límites. No solo la temática del tipo abstracto que todos podemos concebir, todo preparado. Sino del tipo concreto. La realidad del mundo real. Todo lo que está presente en esta vida, transformado por la cercanía persistente del final.