Los familiares se inclinan, con los ojos clavados e impacientes.
Se humedecen los labios con la lengua. Los puedo sentir
incitándome. Sostengo al recién nacido en el aire.
Montones de botellas rotas relucen bajo el sol.
Un banda toca marchas pasadas de moda.
Mi madre lleva el compás golpeando con los pies.
Mi padre le da un beso a una mujer que no deja de decir adiós
con la mano a otra persona. Hay palmeras.
La colinas están moteadas con acacias anaranjadas
tras altas nubes serpentinas. “Continúa, muchacho”
escucho que alguien dice “Continúa”.
No dejo de preguntarme si va a llover.
El cielo se oscurece. Hay truenos.
“rómpele las piernas”, dice una de mis tías,
“ahora dale un beso.” Hago lo que me dicen.
Lo árboles se doblan bajo el descolorido viento del trópico.
El recién nacido no llora, pero recuerdo el suspiro
cuando logré entrar por sus pequeños pulmones y los sacudí
al aire para entregarlo a las moscas. Los parientes me ovacionaron.
Fue después de ese momento que desistí.
Ahora, cuando contesto el teléfono, sus labios
están en el auricular; cuando duermo, sus cabellos se juntan
alrededor de una cara familiar sobre la almohada; siempre que busco
encuentro sus pies. Es lo que queda de mi vida.