A punto de llegar a los cuarenta
me senté en el portal a echar humo
cuando de ninguna parte aparecieron
un hombre y un camello. Al comienzo ninguno
dijo nada, pero a medida que bajaban por la calle
y se alejaban del pueblo, comenzaron a cantar.
Aunque sus cantos todavía son un misterio:
palabras confusas y una melodía
demasiado adornada, de fácil olvido.
Se adentraron en el desierto
y a medida que se alejaban, sus voces
se elevaban al unísono sobre el sonido cribador
del viento lleno de arena. La maravilla de su canción,
esa mezcla escurridiza de hombre y camello, parecía
una representación ideal de todas las parejas singulares.
¿Sería esta la noche por la que había esperado
tanto tiempo? Quería creer que así era,
pero en el preciso momento en que iban a desaparecer,
el hombre y el camello dejaron de cantar, y regresaron al pueblo
al galope. Se pararon frente al portal,
mirándome, y sin quitarme los ojos de encima, me dijeron:
“Lo echaste a perder. Lo echaste a perder para siempre.”