Traducciones


Gregory Rabassa – Los innumerables rostros de la traición

Primer capítulo del libro de Gregory Rabassa: If This Be Treason: Translation and its Dyscontents: AMemoir. (New Directions Books, Nueva York, 2005). Versión española de Armando Ibarra Racines.

Los lugares comunes van y vienen, pero hay uno que se mantiene vigente a pesar del paso de los años para desconsuelo y desánimo de los traductores: el falaz juego de palabras traduttore, traditore (traductor, traidor), que nos lleva a pensar que el traductor, más que un torpe sin suerte, es un canalla traicionero. Antes de enfrentar el caso y declararnos culpables nolo contendere veamos en qué consiste y contra quién se perpetra dicha traición. Después, los traductores podremos retirarnos una vez más al lugar de olvido de la servidumbre callada como dice el príncipe Segismundo al final de La vida es sueño de Calderón cuando recompensa a su libertador entregándole la torre donde había permanecido cautivo, “el traidor no es menester, siendo la traición pasada.”

Sometamos el ejercicio del traductor a inquisición judicial para descomponerlo en sus diversas modalidades, y de la exhibición resultante seleccionemos el gran surtido de infidelidades que pueden ser propias del arte de traducir. Digo arte y no oficio, porque los oficios se pueden enseñar pero las artes no. A Picasso le pueden enseñar la forma de mezclar los pigmentos, pero no le pueden enseñar cómo pintar Las señoritas de Avignon. Existen muchas instancias en que se puede acusar de traición al traductor, todas inevitablemente interconectadas en formas tan diversas, que se necesita una visión de conjunto para revelar los innumerables rostros de la traición que los italianos pretenden vislumbrar.

El más elemental de todos sería la deslealtad con la palabra, porque la palabra es la esencia misma de la lengua, la metáfora de todos los objetos que vemos, sentimos e imaginamos. Además, también tenemos la deslealtad con el idioma en ambas orillas (trato de no utilizar la expresión técnica “idioma de destino”). A los veteranos de infantería de la Segunda Guerra Mundial nos enseñaron a escoger un destino, y de ser posible destruirlo. El idioma es producto de la cultura, o tal vez sea al contario, como podría afirmar algún osado antropólogo. La traición de la cultura es por lo tanto automática en la medida en que somos infieles a sus vocablos y discurso, así como a una variedad de otros asuntos menores en el camino.

Después llegamos a las deslealtadades personales, aquellas contra las personas involucradas en el acto de traducción. La primera víctima es por supuesto el autor que traducimos. ¿Podremos clonar en un organismo diferente la criatura que él (léase él/ella como rezan los documentos de la ONU) concibió? ¿Podremos alguna vez experimentar lo que el autor experimentó cuando escribía las palabras que estamos trocando? A medida que somos desleales con el autor estamos siendo desleales automáticamente con su variada audiencia de lectores y, al mismo tiempo, estamos transfiriendo cualquier vestigio de deslealtad que el propio autor les haya endosado en el original (a menos que la hayamos dejado fuera como Frost en alguna mañana junto con la poesía). Por último y más discretamente, somos desleales con nosotros mismos. Sacrificamos nuestros instintos en favor de alguna norma profana por miedo a ser desleales con la tarea que nos encomendaron. El anonimato impuesto al traductor, tan a menudo considerado como ideal, al final sólo puede significar el encierro en la torre de Segismundo. Esta postrera falta de lealtad debe sobresalir entre todas las traiciones aquí esbozadas como la más ofensiva.

Las palabras son objetos traicioneros, mucho más de lo que cualquier traductor jamás podría ser. Como es obvio, las palabras son meras metáforas de las cosas. Esto se demuestra en el sarcástico episodio de la III parte de Los viajes de Gulliver cuando el viajero llega a la ciudad de Lagado y visita la Gran Academia. Allí el canónigo Swift hace que los arbitristas expliquen un plan para ahorrar pulmones mediante la supresión de las palabras en la comunicación oral: “siendo las palabras simplemente los nombres de las cosas, sería más conveniente que cada persona llevase consigo todas aquellas cosas de que fuese necesario hablar en el asunto especial sobre el que había de discurrir”. Esta solución, además de alargar la vida, también eliminaría la necesidad de los innumerables idiomas que se hablan en el mundo. Incluso podríamos terminar reconstruyendo Babel. Es mucho más que probable que Swift también estuviera haciendo aquí alusión a las diferencias de clase, ya que un hombre rico con su séquito de sirvientes llevando sus “cosas”, sería mucho más elocuente y expresivo que un pobre hombre que tuviera que defenderse con una simple mochila. En el mundo real, el hombre rico con su educación universitaria puede expresarse mucho mejor y más claramente que los analfabetos pobres.

Se puede ir mucho más lejos. Si una palabra es la metáfora de un objeto, ¿por qué un simple objeto tiene tantas metáforas orbitándolo? Aquí tenemos las funestas consecuencias de Babel. Si Mama Lucy tenía habla, su Ursprache debe haberse extendido y dispersado con más variantes que los cantos de las aves de una sola especie. Esto nos deja con un maremágnum de palabras para designar un simple objeto. Piedra nunca puede sonar como pierre, ¿así que son las dos palabras intercambiables simplemente porque representan el mismo objeto? Debido a que Flaubert bien pudo decir o pensar pierre cuando recogió una, ¿hace esto que piedra incluya su idea cuando la traducimos?. Sólo podemos decir que en este punto la traducción ha sido desleal con el sentido integral y manifiesto de la materialidad de la piedra para el autor, sin ninguna intención en este ejemplo lítico de evocar los matices adicionales de Pedro y el papado. Esa discusión de Lagado sería mejor dejarla para gente como Bouvard y Pécuchet, junto con el análisis de por qué un diamante es una piedra para el joyero, pero una roca para el ladrón de joyas.

Aquí no sólo ha ocurrido una deslealtad con el objeto, sino también con la palabra misma. Un idioma al avanzar (¿progresar?) incorpora en el camino palabras que cargan todo tipo de lastres culturales que les hacen tomar rutas diferentes a las que toman palabras que describen el mismo objeto en otros idiomas. En los idiomas siempre se emplean muchos términos para denotar el mismo objeto y, por su diversidad, es muy difícil que tengan alguna probabilidad de determinar la singular realidad del objeto que nombran. A los que comparten la veneración generalizada por la incertidumbre les puede agradar esta indeterminación, pero el homo sapiens gusta del conocimiento, como su nombre lo indica, y dicho conocimiento construye lo que somos hoy y lo que seremos en el futuro, si alguna vez llegamos tan lejos. Puede ser que en el trabajo del lexicólogo intervenga algo parecido al principio de incertidumbre de Heisenberg, así que cada vez que llamamos a una piedra pierre, de alguna manera la convertimos en algo diferente de piedra o stein. Esto nos lleva al interrogante de si una piedra puede ser alguna vez una pierre o una pierre una piedra, y si alguno de estos vocablos puede ser el objeto duro que estamos viendo sobre el suelo, enseñándonos que incluso si una cosa se puede clonar, la palabra que la designa no, y cualquier intento de reproducirla en otro idioma es traicionero.

Algunos conceptos parecen ser propiedad exclusiva de un idioma y no pueden designarse de modo apropiado en otro. Cuando tenemos problemas para encontrar la palabra precisa en inglés acudimos a los franceses y decimos  “un certain je ne sais quoi”. Si decimos “a certain I don’t know what” (un cierto no sé qué), el efecto no es el mismo e incluso antinatural. Cuando pedimos prestado a otro idioma para enriquecer el nuestro, en la mayoría de los casos, hay una traición en ciernes, si no en el sentido, ciertamente en el sonido. Aunque el sonido francés de lingerie no es demasiado difícil de reproducir con bastante fidelidad en inglés, la mayoría de la gente lo exagerará en un hipergálico lanyeré, un sonido digno de W.C. Fields y su say finay. La deslealtad hacia el idioma es muchas veces falta de fidelidad de las palabras y al mismo tiempo un reflejo de los obstáculos presentes en la comunicación entre culturas.

Generalmente sacamos del contexto cultural las susceptibilidades, las sensibilidades y las reacciones automáticas extranjeras para acomodarlas a nuestras circunstancias mediante los cambios necesarios. Pregunte a un neoyorquino en qué despertó convertido el Gregor Samsa de Kafka y la respuesta inevitable será en una cucaracha gigante, el insecto titular de su ciudad. Lo que Kafka denominó era simplemente un ungeheuern Ungeziefer, un bicho enorme. A continuación comienza a describir lo que es obviamente un coleóptero de caparazón dura. El tirón de la realidad local es demasiado fuerte para que el neoyorquino se aproxime un poco al concepto de traducción. Esto se puede interpretar como una falta de lealtad originada en la fuerza de otra cultura. La mayoría de estos asuntos convergen para moldear una deslealtad indirecta del autor, en quien confluyen todos estos factores: lenguaje, cultura, y palabras personales, que son, de hecho, inseparables, y el autor es su producto, lo mismo que su escritura. El libre albedrío y la originalidad sólo existen dentro de los límites de la cultura. Si va ser infiel, lo es desde dentro, lo que entraña un conocimiento íntimo, mientras que el traductor es infiel desde fuera, desde el reflejo de una conciencia adquirida, no desde la reflexión.

Dentro de sus límites culturales, el autor como individuo, puede, y de hecho, debe exigirse en la medida de lo posible para diferenciarse y diferenciar su arte de los lugares comunes, mostrando todo el tiempo sus orígenes, empleando para esto mayoritariamente el lenguaje. Para el traductor la situación es totalmente opuesta. No puede ni debe distanciarse de la cultura que tiene enfrente. Hacerlo sería verdadera traición. Debe ordenar sus palabras de tal manera que no vayan a desvirtuar los propósitos del autor. En ninguna parte se pueden tener más reservas sobre la traducción que en el momento en que tratamos de trasladar hacia nuestro propio idioma y cultura algo que el autor traslada hacia las palabras dentro de su cultura y a pesar de todo dicho traslado debe parecer nuestro. Eso sí que es traicionero. Lo importante es considerar si el grado de traición es mayor o menor, el pecado mortal o venial. Hay quienes, al igual que Nabokov, consideran que la traducción es un acto criminal que sólo puede ser juzgado como si se tratara de un delito grave o un delito menor, y hay una horda de críticos que disfrutan de la exposición mediática del acusado.

Mientras todo esto sucede, situación de la cual el traductor debe ser muy consciente, surge el peligro de que el traductor cometa la traición más lamentable de todas, la falta de lealtad consigo mismo. El traductor, deberíamos saberlo, también es escritor. A decir verdad, podría ser denominado como el escritor ideal, porque todo lo que tiene que hacer es escribir. Le suministran la trama, el tema, los personajes, y los demás elementos esenciales, por lo que sólo tiene que sentarse hasta que se le borre la raya. Pero además es lector. Tiene que leer el texto a fondo para saber de qué se trata. En esta parte es dónde recibe menos orientación o instrucciones del texto. Es una noción común decir que si una obra tiene 10.000 lectores se convierte en 10.000 libros diferentes. El traductor es sólo uno de estos lectores y, sin embargo, debe leer el libro de tal manera que a medida que avanza lee además inglés a español, por lo que su lectura también es escritura. Su lectura, entonces, se convierte en una lectura que va a generar 10.000 libros diversos, en el caso improbable que venda esa cantidad de copias y que tal cantidad de gente lo lea.

Nuestro traductor debe saber que esto es lo máximo que puede lograr dadas las circunstancias y, además, tiene que reconocer que su trabajo, en cierto sentido, nunca termina. A pesar de que cuando finalizo una traducción quedo satisfecho (como es deber de todo traductor), años más tarde, cuando leo el texto publicado me sorprendo queriendo poder hacer algunos cambios para mejorarlo. Cuando un traductor comienza a tratar de razonar para encontrar una solución, lo mejor es emular a Alejandro en Frigia cuando cortó el nudo gordiano con la espada en una demostración de lo que Ortega y Gasset llamó “razón vital”. El traductor no debe traicionar sus instintos. Será comidilla de los críticos, pero de ese modo estará más cerca de acertar, y en cualquier caso, no habrá sido desleal consigo mismo. Una confianza cautelosa en sí mismo es tan necesaria para el traductor, como para el soldado de vanguardia en un escuadrón de infantería. Sin embargo, debe tener cuidado y recordar que auteur (autor) se convierte en hauteur (arrogancia) si le añadimos una letra ligeramente aspirada.

El traductor debe hacer buen uso de la pesadilla que amarga a los técnicos indecisos: el juicio de valor. En la traducción como en la escritura, como hemos venido sosteniendo, una palabra adecuada es mejor que una más convencional aunque menos adecuada. También en este caso el traductor debe pedir prestada la espada corta de Alejandro. La traducción se basa en la elección y es bastante personal en sus decisiones. Hace mucho tiempo descubrí una cosa curiosa: si sopesas una palabra, cualquier palabra el tiempo suficiente, por lo general se convertirá en algo extraño, sin sentido y absurdo. Supongo que esto es una especie de verbicida, que parasita la pobre palabra para despojarla de su misma esencia, de sus preciosos fluidos corporales, para dejar un remanente seco que podría confundirse con un grupo de cinco letras en un mensaje cifrado. Cuando quebramos la palabra para extraerle el sentido, en cierto modo la hemos descifrado. Esto es lo más lejos que voy a llegar en la rendición incondicional de la traducción a la razón, debido a que la mayor parte de la traducción se fundamenta en un instinto adquirido, como al que nos entregamos cuando conducimos un automóvil: la razón vital de Ortega.