Todo está bien:
los primeros trozos de sol están sobre
las flores amarillas tras la baja tapia,
Las gentes en automóviles van camino al trabajo,
y nunca tendré que volver a escribir.
Solo mirar alrededor
será suficiente de ahora en adelante.
¿Quién dijo que siempre tendría
que representar el papel de secretario del interior?
Y me estoy volviendo bueno para quedarme en blanco,
mirando con fijeza todos los ceros del aire.
Debe ser todo el tiempo que pasé
en el kayak este verano
lo que produjo la revelación,
el kayak amarillo que hacía juego
bastante bien con el azul pálido del chaleco salvavidas:
la sorpresiva, inestable
tendencia alcista de la echada al agua,
después el esfuerzo, el golpeteo
hacia el interior del viento contra las olas cortas,
pero lo mejor fue quedar a la deriva,
el remo atravesado sobre la embarcación,
como un salvaje en medio del tiempo.
Ni siquiera ese cormorán oscuro
posado sobre el letrero de No levantar olas
la delgada cabeza en alto
como si estuviera inspeccionando algo,
ni siquiera ese compañerito inquisidor
podría hacerme reaccionar para escribir otra palabra.