Tengo la sensación de que es mucho peor
que ir a comprar un colchón a un centro comercial,
no hay duda de que dura mucho más,
y no hay aquí tridente azaroso
ni llamas abrazadoras que temer,
únicamente esta tienda grande y tenebrosa
con su laberinto de ropa de cama.
Aunque al vagabundear entre los joviales kings,
las más sensibles queens,
y los tristes singles
que nunca cubrirá una sábana púrpura,
pienso en un pasaje del inferno,
que podría recordar perfectamente
y recitar en inglés y hasta en italiano
si el vendedor que nos ha estado persiguiendo
—un paquete arrugado de Newports
visible en el bolsillo de su camiseta de manga corta—
se detuviera un momento en su insistencia
para que probemos este, después este más suave,
lo que hacemos acostándonos uno al lado del otro,
los brazos tiesos, siluetas en un sepulcro,
impotentes para imaginar lo que sería
dormir o amar de este modo
bajo las inclementes hileras de luces fluorescentes,
que Dante podría haber incluido
si hubiera podido tumbarse de espaldas hoy entre nosotros.