Casi todos los días paso algunos momentos sobre una terraza de madera gris a la orilla de un extenso lago, cubierto por un leve cortinaje de bejucos. Y si no tengo nada en la mente salvo el movimiento de las olas diminutas y las altas formas cambiantes de las nubes, contemplo el cuadro completo y divido la escena entre lo que estaba aquí hace quinientos años y lo que no está. Entonces le resto lo que no estaba aquí y multiplico todo lo que estaba por diez, así que cuando termino los cálculos, solo queda de residuo agua y cielo, el sonido seco del viento en los bejucos, y la visión de una garza inconmovible sobre la playa. Todas las casas se han ido, y los botes así como los cercos y las paredes, los senderos de ladrillos curvos, y la sirena lejana. El aeroplano que cruza el cielo ya no está y lo mismo ocurre con las piscinas, los muebles y las sombrillas de tonos pasteles sobre las plataformas, y los binoculares que cuelgan de mi cuello también se han ido, así como el mismo muelle pintado— de acuerdo con mis cálculos— y también se han ido mi cuaderno y mi lápiz y allí voy yo, también, borrado por mi propio borrador y arrojado en virutas fuera de la página.