Pavorosas explosiones
y surtidores de sangre.
Las pesadillas ya no pertenecen
al ámbito de los dormidos
sino al pleno día de los despiertos.
Los helicópteros vuelan
hacia los farallones lejanos.
Dentro del cascarón
los soldados recuerdan
el silbido de las balas.
La guerra era un juego de infancia,
una fantasía en el cine Bolívar.
Parecía lejana,
pero llegó al barrio,
farisea, retrechera, solapada.
Bajo las sábanas manchadas,
sobre las frías losas,
los cadáveres alineados como pollos
en el supermercado.
Así son los partes de victoria.
Unos rayos de luz
perforan las grietas del encierro
y pintan sobre la pared
la nueva constelación
de la pesadumbre;
entonces, el cautivo
añade una muesca
al madero
donde la uña labra
el calendario de la ignominia.
Los pozos lacrimales
de los abuelos se secaron
desde que las costureras de la muerte
instalaron su taller
en el sótano de las cofradías.
Durante sesenta días
lo hicieron jugar al enterrado en vida,
hasta que lo reventaron.
Trocaron el guiñapo
por un puñado de monedas sucias.
El helicóptero aprendió
el tartamudeo de la ametralladora.
El mortero conoció el bum de la granada.
Las buenas gentes
aprenden nuevas lenguas.
Entre las araucarias,
los ojos muertos de la guerrillera se abren.
Combatiente de una guerra diferente,
el fotógrafo
le asestó el tiro de gracia.
Sentí el aleteo de la palabra,
una bandada de voces batían las alas
para anidar en el país
de la palabra unánime,
y se me heló la sangre.
El pechirrojo canta.
Para él la mañana
no ha perdido el lustre.
A pesar de que el halcón
esté patrullando en las alturas.
Una columna de hombres armados
atraviesa el monte.
¿Cuál de ellos
lleva las manos atadas,
arreado como un semoviente?
El chofer del taxi
que presume de no sé qué,
nos dice que si le pagaran
iría por ahí,
bebiendo güisqui y quemando desechables.
Nada podría ser peor.
Desde el bufet de la sangre
llaman a manteles.
En todos lados,
una extraña sed insaciable.
Qué vergüenza.
Lucir un collar de fuego frente al mundo.
Ya no habrá fiesta
en el Macondo
de los cangrejos infames.
¿Aún tendrá
la estampita de la virgen en la billetera?
¿Se la habrán quitado?
¿Y la medallita
que le regaló la tía Isaura?
Dos mariamulatas
se disputan un insecto
en un fragor que se me antoja paralelo
al estallido de los cilindros de gas
y el bum de la metralla.
Una pechuga de pollo en el almuerzo
no es gran suceso;
pero que una madre
matice el hambre de sus hijos
con tiras de historias de periódico…