Estación Universidad (fragmentos)

A las cinco a.m.,
los vagones pasan rumbo al sur
llenos a reventar.
Hacia el norte
arrastran gusanos vacíos repletos de luz.

Una coral de chirridos plásticos,
cuando los estudiantes
rasgan con fuerza el velcro
y muestran los carnés
a los guardas que controlan el portal.

Han pasado los años
y mi ansiedad por interpelar
no ha disminuido.
¿A dónde fue el mundo
mientras veía anuncios y noticieros?

Cruzó alguien parecido
al cliché de don Quijote de la Mancha.
Bien podría ser yo.
Me gustaría saber
que negocios atiende por estos lados.

El rostro de una joven,
los labios pintados de carmín,
se acerca demasiado al botón
del mismo tono rojizo:
Oprima sólo en emergencia.

Cada vez que a lo lejos
leo el aviso de la aseguradora
piense positivo
creo que el altavoz anuncia
próxima estación: siniestro.

Un extenso pendón
donde se han varado las ballenas
ondea en mitad
de la plazoleta
a quinientos kilómetros de la mar.

Un par de zapatillas marcan un compás.
Volteo a mirarla,
los oídos desnudos.
Ahora comprendo:
una partitura entre las piernas.

En el preciso instante
en que siento náuseas el tren se detiene.
Junto al nombre de la estación
una flecha indica
la ruta de evacuación.

El torniquete
golpeado con fortaleza por turgentes
cuádriceps femorales.
Criaturas vigorosas
cruzan la estación Universidad.

Contengo con urgencia
los esfínteres de la memoria
y compro un lapicero
de novecientos pesos
para que el poema no se escape.

En la cafetería
se deshoja el árbol del bien y del mal.
Entre la algarabía
nadie se percata
de los leves ritos de los cardenales.

En la parada inicial
hay una breve lucha por los asientos.
Para muchos
de seguro será
el único postre en todo el día.

Subo por la escalera.
Con dificultad me abro paso
contra la corriente de jóvenes
que bajan afanados
para no llegar tarde a clase.