Juan Calzadilla:
y si el aplauso fuera
la forma como el público
le dice al poeta:
–clap, cállate, clap, cállate, clap, cállate…
Los niños juegan
a las fichas de ajedrez
en las cuadrículas del piso.
Aguacero de sonidos
sobre el parqué salpicado de silencios.
Dos ancianos
cruzan la plazoleta
bañada por las bombillas;
se sientan y abren los oídos
como dos palmeras contra el viento.
Desde Santa Marta
la nieve envía un mensaje
a los hermanitos menores:
No me vuelvan a decir nieve
sino güinavindúa.
Tanta palabra inocua,
tanta palabra vana,
tanta palabra cepillo;
y al mismo tiempo, tanta palabra
alimenticia y nutritiva.
Un cono de volcán invertido
rodeado de cafeterías ruidosas
bajo la noche fresca.
La palabra da vueltas
en el eje del poema.
Por casualidad,
un niño entró a la carrera
en medio del recital.
Se detuvo y miró preguntando:
—¿A qué juegan? ¿Me dejan jugar?
La mayor parte de la ciudad duerme.
Los sueños de los poetas y su público
se mezclan
en un monumental laberinto
de lugares comunes.
El florero,
impulsado por la botella de agua,
rodó al embaldosado y se hizo trizas.
Acaso en solidaridad
con el micrófono defectuoso.
El conductor del taxi se detiene.
Como si empleara una red
nos ha pescado
y nos pregunta:
—¿Todos para el mismo sitio?
Las muchachas de piel saludable
llevan la semilla de la ruina dentro
y escuchan un eco
que les habla
de los inicios del amor.
Todos los poemas dicen lo mismo,
a pesar de tanto
decorado verbal:
Ya estamos pasando…
Ya vamos pasando…
Al bajar las escaleras
y dejar el recinto cerrado
quedó la sensación
de haber profanado un templo,
de abandonar el poema a su suerte.
Aún perdura el tropel de la palabra.
Como el derrumbe de anillos
tras la rana
que saltó
en el estanque antiguo.