En busca del punto de caramelo

La abuela escondía los mates de manjar blanco tan pronto llegaban los seis hijos de Chila a su casa del barrio San Fernando. Entre pailas y cagüingas nos recibían sus ojos azul germánico y su acento de pandebono. En la cocina dirigía la operación de recursos y ritmos para lograr el dulce perfecto. El recuerdo preciso de ese sabor después serviría de patrón para ponderar los manjares blancos del camino. Vine a descubrir tardíamente, leyendo Los enemigos del estilo de Julio César Londoño y asistiendo a su taller de escritura creativa, que para los escritores es clave perseguir ese entrañable punto.

En culinaria se refiere a la concentración ideal que adquiere un almíbar tras la evaporación máxima del agua y la fusión del azúcar, enfriado en el momento preciso para evitar que se queme y amargue, o termine arenoso. Las partículas quedan reordenadas en un compuesto dorado, sabroso y de textura ideal, tras la inestabilidad previa al equilibrio óptimo.

La técnica de caramelizar azúcar aparece por primera vez en registros del mundo árabe hacia el año mil, quienes perfeccionaron técnicas que habían aprendido de persas e indios; lo llamaron bola de dulce. El término, con sentido metafórico, surgió en el español coloquial posiblemente en el siglo XVIII, y significaba estar en el punto óptimo, listo para el fin deseable y deseado en el fino umbral entre lo bien hecho y lo malogrado, entre el exceso y la penuria.

En el ámbito literario, como propone Londoño, la metáfora se extiende a una técnica fundamental en la estética de la escritura que se relaciona con el equilibrio perfecto del vaivén entre los diversos contrapuntos que componen un texto. En su artículo plantea la mezcla precisa de cuatro:

El equilibrio entre adjetivos y sustantivos en un texto literario para buscar que la densidad de nombres sostenga la imagen o la escena, y los adjetivos la afinen y singularicen sin saturarla. Ni la pura acumulación de calificativos ni la sequedad nominal extrema: el texto respira cuando cada adjetivo tiene un peso concreto sobre un sustantivo significativo.

El equilibrio entre los pasajes claros y los oscuros que permite al lector avanzar, pero también detenerse, extraviarse un poco y producir sentido, en lugar de entregarle todo resuelto.

El equilibrio entre tensión y sosiego alternando momentos de incertidumbre, peligro o conflicto con pausas de calma, reflexión o estabilidad que permitan procesar la acción. Ni el nervio permanente ni la paz continua sostienen por sí solos el interés: la energía de la obra nace del contraste rítmico entre ambos estados.

Por último, la oposición equilibrada entre lógica y paradoja que se logra cuando la obra mantiene una mínima coherencia interna mientras introduce tensiones que desafían el sentido común para producir significados nuevos.

Se podrían adicionar más parejas de contrarios a las mencionadas en el artículo y que Julio César ha comentado en su taller: poesía y prosa, rigor y anécdota, candidez y perversión, entre muchas que un texto puede tener.

El escurridizo punto se alcanza cuando la madurez funcional, el temple discursivo perfecto y el equilibrio exacto se funden sin quemarse ni arenarse y la escritura logra la textura perfecta. Al igual que en la cocina, alcanzar este punto requiere atención y cuidado constantes para evitar que la obra se queme por exceso o se cristalice por defecto. Es un equilibrio frágil que requiere destreza, cuidado y, sobre todo, el temple para retirar la escritura de la paila en el instante preciso.

La riqueza de la expresión punto de caramelo, que es única del español, radica en que captura tanto la precisión temporal como la fragilidad del intervalo perfecto en la escritura de calidad. Una metáfora similar no existe en otros idiomas, que apelan a otras alegorías:

En inglés punto óptimo se refiere al momento y al sitio cuando y donde todo funciona a la perfección. En francés dicen golpear cuando el hierro está caliente que significa “en su punto” o “justo como debe ser”. Se usa para describir algo cuando está cocido perfectamente con la connotación de actuar en el momento preciso antes de que se pierda la oportunidad. En japonés cuando un ingrediente alcanza su máxima calidad, concepto central en su gastronomía que significa “el momento perfecto de temporada”, cuando un ingrediente alcanza su máximo sabor y calidad. Captura esa ventana temporal crítica donde todo converge perfectamente. En árabe, tarab representa el momento exacto cuando se produce una conexión emocional sublime, caracterizada por armonía y equilibrio entre el artista y la audiencia.

En todos los idiomas hay alguna comparación similar. Solo el español se refiere a la fusión afortunada entre la cocción del azúcar y la literatura. Es una hermosa y efectiva metáfora culinaria transformada en filosofía narrativa. Un texto tiene muchas capas, como una cebolla. Se trata de ajustar simultáneamente todas esas capas para llegar al punto buscado. Para lograrlo hay que recurrir a los vaivenes que genera el manejo consciente de las parejas en tensión. Ni exceso ni carencia, sino la medida exacta.

Como cada cual tiene su versión del proceso, el ajuste de los contrapuntos no se logra con fórmulas rígidas, sino con principios flexibles que los escritores deben adaptar a la propia voz. Cada quién, cada vez. No es simplemente una técnica, sino la combinación de la escritura con una destreza que abunda en las cocinas. Cuántas vueltas me hubiera ahorrado si hubiera sabido que entre los sortilegios que rodeaban los fogones de aquella cocina remota se escondían las claves de la soltura para la manipulación óptima de las mezclas en la escritura creativa.