El enviudador

Eran las siete de la mañana de un sábado previo a elecciones parlamentarias que pintaba tranquilo. Incluso —ahora caigo en cuenta— nos atrevimos a planificar el almuerzo y prometer voto. Es normal que la vida transcurra en medio de fantasías que parecen certezas. De repente, comencé a tener una sensación de atragantamiento en la parte baja del esófago y la certidumbre de que algo adentro no funcionaba bien. Llamamos a la línea de atención médica y la respuesta fue tajante: “Vaya de inmediato a un servicio de urgencia”. Mi esposa llamó a la vecina Alicia. “A las diez los recojo”, me dijo que dijo. Sentía que necesitaba una silla de ruedas, caminar erguido no era una opción. Nhora Elena la trajo, me subí, y me llevó veloz al ascensor para bajar al sótano donde la vecina nos recogió ya enterada de la gravedad de la situación. Por fortuna, la avenida Cañasgordas estaba libre de atascos de tránsito; era sábado (en un día de semana su flujo pausado hubiera sido letal). En menos de diez minutos llegamos a la Clínica.

De inmediato me realizaron un electrocardiograma (después supe que mostró elevación del segmento ST; mal pronóstico). Me ingresaron en la sala de ecocardiografía. Allí constataron que la base del corazón comenzaba a perder contractibilidad. “Miren, no se mueve” fue la sentencia del examinador. De inmediato me lanzaron en camilla hacia la sala de cateterismos. A medida que rodaba veía cómo sobre mí pasaban veloces las luces del techo (esa imagen tan repetida en las películas cobró sentido). Recuerdo la levedad angelical de las enfermeras al manipular el cuerpo malfuncional. A pesar de que todo lo que me decían apuntaba a la gravedad del suceso, no tuve miedo, solo profunda tristeza. Como cuando hay que irse de una fiesta que está muy buena. Como en un mal déjà vu recordé que en Ucrania había estallado una guerra. Hacía tres días habían bombardeado un hospital materno infantil. Muchas mujeres gestantes sufrieron en la intemperie fría; y yo cabalgando en rodachinas, cubierto con una manta térmica, hacia una nueva oportunidad. Tenía claro que podía ser el paseo final, y no me había despedido apropiadamente. El bisabuelo alemán no tuvo tanta suerte en 1909 en Palmira. Algo muy parecido debió sentir antes de morir, tal vez de un padecimiento similar, a los 69 años.

Un coágulo había cerrado por completo el flujo de sangre donde la arteria coronaria descendiente anterior se ramifica. Catalogada como emergencia vital, los médicos procedieron a tratar de deshacer el bloqueo. Este tipo de infarto se conoce en la literatura médica anglosajona como El Enviudador (widow maker), porque es uno de los más letales, ya que la arteria involucrada suministra el cincuenta por ciento de sangre al corazón. La tasa de supervivencia cuando el paciente está por fuera de una instalación hospitalaria es del 12.5%. Cuando entras a una aséptica sala de procedimientos, la certeza de esa cifra y la baja temperatura tienen el color del hielo.

Después de inmovilizarme y darme algunas instrucciones y decirme que no me podían sedar demasiado, con un tono de solidario y añejo, introdujeron un alambre fino por una arteria de la muñeca derecha y avanzaron hacia la lesión. El progreso no era fácil, avanzaron con gran dificultad debido a severas tortuosidades y torceduras anormales en mi ramaje arterial (tenía la ilusión de que eran de la mejor calidad, que podría alcanzar los noventa y nueva años de mi padre) tanta fe en la genética, qué va; Para complicar las cosas encontraron calcio en la entrada de la arteria cercana al tronco principal. Intentaron avanzar sin éxito el alambre a través del taponamiento. Tuvieron que dar marcha atrás.

Retrocedieron (el tono de la vos del médico cambió, un poco de frustración ansiosa) y volver a intentar atravesar la obstrucción cambiando a un alambre hidrofílico (la hidrofilia facilita la navegabilidad en anatomías tortuosas o a través de lesiones calcificadas). Esta vez iba apoyado en un catéter balón Ikazuchi desinflado, el cual después de ubicarse en la lesión se infla engrosando el tubo arterial para restaurar el paso de sangre. Sin embargo, los médicos observaron una marcada resistencia el balón no podías atravesar la lesión calcificada. Tuvieron que retroceder de nuevo. El retroceso, el sonido de la máquina, el cansancio de todos.

Seguidamente lograron avanzar una guía coronaria Fielder, que tiene un diseño de punta redondeada y suave para evitar herir los vasos, especial para anatomías tortuosas. Por fin llegaron hasta el segmento de la arteria, destaparon y lograron restaurar el flujo sanguíneo en el conducto. El corazón volvía a beber.

Otra vez la maquinita. Procedieron, entonces, a realizar la dilatación previa inflando en el sitio del taponamiento un balón coronario Ikazuchi. Balón que no se infló adecuadamente debido al calcio, por lo que ensayaron, después de retroceder, un balón no complaciente Raiden. (La utilización de balones no complacientes  permite una dilatación pareja y constante para asegurar una expansión controlada a lo largo, lo que disminuye el riesgo de que el vaso se rompa). El calcio hacía que persistieran la concavidad y la lesión y que los balones no cumplieran su cometido. El vaso todavía no dilataba. El tiempo fluía, todavía no confluían el fin del tiempo y el no-taponamiento, que para mí sería salir del tiempo.

La última opción: emplear un balón cortante Wolverine. Así lograron realizar la dilatación que permitió mejorar el flujo sanguíneo en la arteria coronaria bloqueada y prepararla para la inserción del estent. (Los balones cortantes se utilizan para cortar o triturar el depósito de calcio dentro de la arteria. Son alambres de dilatación coronaria con tres o cuatro cuchillas microquirúrgicas adheridas longitudinalmente a la superficie del balón. Cuando el balón cortante se infla las cuchillas se mueven radialmente y abren la arteria taponada realizando una incisión en la placa arterial y comprimiéndola de forma controlada).

De este modo, lograron la adecuada reparación de la lesión [angioplastia triunfante]. Fue entonces que pudieron implantar un estent coronario medicado Resolute Onyx de tres milímetros de diámetro por tres centímetros de largo (fabricado con un único alambre, lo que le aporta una amplitud de movimiento uniforme y la flexibilidad necesaria para lograr una excelente capacidad de colocación). La vida cuelga de un tubo minúsculo.

Recuerdo los sonidos que producía la máquina que impulsaba los alambres cuando avanzaba y cuando retrocedía. [el ruido podría ser del inyector automático de contraste] Fui aprendiendo a interpretar su movimiento mientras escuchaba los comentarios del personal médico. Su preocupación porque llegábamos al límite del tiempo (siempre estamos a punto de caer fuera del Tiempo). El medio de contraste que inyectan para poder ver el paisaje arterial es tóxico para los riñones y no se puede exceder su uso. Escuchaba la voz del médico comentando, dudando. Finalmente, como en un lanzamiento final de dados: “¡Aquí!”, y un ruido diferente (¿se desinflaba el balón cortante?). Hubo algunos chistes finales entre ellos que no recuerdo.

Informaron entonces que el resultado del procedimiento había sido satisfactorio. Me trasladaron a sala de recuperación y después a cuidados intensivos sin dolor y con valores normales y estables de presión sanguínea y frecuencia cardíaca.

Desde entonces he quedado con una sensación consciente de mortalidad crónica, como ha debido ser siempre.